9/4/10

La belleza inmaterial


El hilo conductor de su historia es sentirse bello, resuenan los graves golpes de la inercia natural de la vida al cambio chocando contra su resistencia a envejecer. Todo evoluciona según su sentido y su sentido es que nada cambie, mirándolo bien hasta parece conseguirlo. En él se operan cambios, no obstante, que no puede controlar. El más perceptible es el rastro del paso del tiempo en su organismo. No le importa el envejecimiento de lo que no ve, riñones, pulmones, estómago, corazón y demás, aunque los sienta cuando tiene prisa, pero son los de la piel y los que dibujan la expresión del rostro los que más le cuesta aceptar. Por eso cuando se mira al espejo mira hacia adentro, hacia la imagen que se había creado de sí mismo, un poco más esbelta que la realidad, con un poquito más armonía al valorarse en la bidimensionalidad de un espejo, aunque no estaba seguro de si la belleza es, en realidad, mesurable. ‘La belleza es subjetiva, hijo’, le calmaba la voz de los tópicos. ‘Sí pero cuánto me satisfacía cuando me decían lo guapo que era y lo que me enfadaba cuando me llamaban feo’. Siempre le había afectado desproporcionadamente la opinión de los demás pues no dejaba de entender que una gran mayoría de conocidos valoraban positivamente la belleza palpable de un cuerpo o una cara bonita. Quizá eso era la gratificación de los impulsos primarios, la respuesta instantánea sin la mediación de las virtudes, que son valores que no se ven a simple vista. ‘La belleza de un desconocido puede provocar una sonrisa, sin que tenga que hacer ningún esfuerzo por gustar, hasta le puede abrir puertas’, protestó. ‘¿Pero al final lo que cuenta no es la personalidad?. Cuando se conoce a una persona ya se mira con otros ojos y estas virtudes pueden llegar a embellecer, pueden aflorar atractivos o pueden afear la forma’, remató la voz de la razón. ‘Pero me da envidia que a los guapos y guapas se los reciba con los brazos abiertos’, protestó. ‘Los atractivos los tienes, hijo, y muchos, pero deberías abrir más la boca y enseñarte, debes dejar ver lo que has cultivado porque así te aumentas’, dijo su protector y en vez de seguir protestando pensó en ello y se calmó…

Según su razonamiento las cosas bellas imperecederas no son materiales, no están hechas de átomos, molécula, células, son una construcción de la personalidad, son sensaciones, maniobras mentales, disposiciones, buenas acciones, aunque sus efectos puedan producir corrientes químicas, fórmulas del placer, una mezcla de compuestos que sí se modulan en lo material pero que no son captados a simple vista y que pueden llegar a ser más prolongados que los que se conjugan en una sonrisa. Alguien puede ofrecer armonía a través de la imagen a un conjunto de individuos, un flash involuntario que puede proporcionar un breve momento de gozo pero dos palabras bien dichas pueden valer más y si salen del corazón dejará huella durante más tiempo. ‘No pierdas ojo si alguien te provoca sensaciones agradables pero atiende a quien te eleva, a quien se dedica a ti por unos minutos. Presta mucha atención a eso porque cada día está más caro el interés sincero’, dijo la voz de la conciencia.
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