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18/12/08

Crónicas de Frisco (III)


Vuelvo a Frisco para recordar aquel episodio con aquella indescriptible arrendadora del primer apartamento en el que estuvimos, en pleno barrio de Castro. Qué bien estaba situada aquella primera vivienda, a dos pasos de bares y comercios de lo más originales, súper especializados en la temática gay. En una casa rodeada de colinas y de las viviendas de cuento. En un paraje urbano a donde llegaban los mapaches a comer de las basura (sí, yo los ví en la noche, espiándome temerosos con sus ojos relucientes mientras los espiaba) comenzó la odisea de vivir en la ciudad, abandonada ya la aureola de turista que llevaba a cuestas durante la estancia en el hostal hippie Green Tortoise. Una norteamericana pelirroja llamada Jackie nos acogió en su apartamento alquilado para dos personas. Nosotros eramos tres españolitos buscando cobijo en un lugar donde había miles de culos inquietos buscando cobijo. Pero no éramos inmigrantes, éramos estudiantes españoles con la oscura intención, secretamente guardada con celo, de quedarnos. Cuatro personas en un apartamento para dos era algo clamorosamente ilegal en aquella ciudad tan escasa de huecos baratos. Y el que iba de cola era yo, así que me tuve que conformar con el sofá cama del salón con la poca intimidad que conllevaba tal circunstancia. Bueno, era un lugar agradable donde dormir, con moqueta, calefacción y edredón. Nuestra benefactora americana no estaba bien de la cabeza definitivamente pero era una persona liberal y tenía la inquietud de ayudar a los extranjeros, cosa totalmente meritoria en una ciudadanía indiferente a lo ajeno. Estudiante de doctorado, defensora de las cualidades terapéuticas de la marihuana y practicante amateur de la medicina holística o biológica, que es aquella que busca remedios para reforzar la tendencia autocurativa de nuestra naturaleza, Jackie era sobretodo una fumadora empedernida de marihuana. Vamos, en la onda de la típica fiebre alternativa del movimiento hippie. Jackie siempre andaba abroncándonos con la mierda que comíamos los españoles, alimentos grasientos como patas fritas, hamburguesas o salchichas Frankfurt que nosotros cometíamos el pecado de echar a la sartén en un buen baño de aceite hirviendo. Pimiento, cebolla, hasta a los dulces boniatos los pasábamos por el fogón en una adoración loca al colesterol y los triglicéridos. Aunque éramos un caso perdido, difícil de roer en la cuestión de hacernos conversos, Jackie no perdió los nervios y pacientemente nos aleccionaba sobre los beneficios de usar productos naturales para todo, incluso para bañarse. Pero lo único que cautivó nuestra atención fue las estupendas mascarillas rejuvenecedoras de pepino que nos dejaba la piel como el culo de un bebé. Ahora lo que no se podía aguantar era que nos tomásemos a broma las sesiones de meditación que formaban un pilar importante de su filosofía. A la luz de las velas y en olor de inciensos fumábamos un porro de María y aquella hippie yanki inocente quería que entrásemos en trance para el vuelo de la conciencia por el espacio sideral con destino a la identidad propia. Lo intentamos tres veces pero después nos pegó una patada en el culo por descojonarnos en aquella nube flotante que se movía bajo nuestras espaldas haciéndonos cosquillas. No teníamos la culpa de tomárnoslo a coña porque los españoles no podemos estar callados cinco minutos en un estado de relajación, además de que se nos aflojan los intestinos y los gases pululan por salir. Pfffffffrfrfffffrf (pedo sonoro, carcajadas que desbordan el vaso de la paciencia y fin de la experiencia de iniciación holística en San Francisco). Dictamen de la impaciente profesora: ‘cerdos borrachos estos españoles. Contaré con ellos sólo para los porros y las cervezas…’

28/11/08

Crónicas de Frisco (I)


Bajaba por la cuesta de Dolores Street cantando una cancioncilla por el tema de airear las preocupaciones, tenía que ir a llamar a la familia desde una de aquellas cabinas telefónicas que tenía seleccionadas como puntos de conexión hacia el centro de mis emociones, no era fácil dar un reporte de que todo no iba tan encaminado a la senda del sueño americano de un chico sureño, pero sureño de España, que en yanquilandia era como primo lejano de un mejicano (Ay mejicanos, la mano de obra de San Francisco, tan extraños en la gran ciudad cuando es tan vuestra) Había que llevar quarters suficientes para la máquina tragamonedas, que engullía como una condenada porque comunicarse a tantos kilómetros de distancia era echar por la ranura y pensar en cuántos minutos te quedaba de cariño familiar, mientras te temblaba la voz y templabas los ánimos, y hacías versiones de la rutina más favorables para los oídos oficiales que esperaba buenas noticias. En la otra mano un cigarrillo que se consumía a velocidad de la luz y había que encender otro mientras con la oreja mantenía presionando el auricular y los ojos alerta bizqueando, pues uno tenía que estar puesto en la acción de darle de comer al teléfono y el otro analizando el terreno para que no viniese un brother con ganas de beber a tu costa. Ah sí, esas botellas que se esconden en bolsas de papel pues no se puede beber en la calle y los vagabundos son tan educados que si no se ve la botella mejor. Y del corazón salía el verdadero hilo telefónico, el cable del amor que comunicaba directamente con España, sobrevolando esos grandes aviones que en el cielo de Estados Unidos son como un enjambre. El hilo de la imaginación también corría paralelo a los impulsos eléctricos porque había que ser coherente para que no me pillaran quejándome, al fin al cabo había elegido todo aquello, sentirse como huéfano de cariño, malcomer y beber para olvidar, pasear con la sensación de que andas por una ciudad IMPRESIONANTE pero que andas desde este lado del escaparate porque realmente no te dejan entrar hasta el tuétano, hasta tal punto somos extraños los extranjeros introvertidos por lo descomunal de aquella sociedad. Me podía haber casado con una mejicana también, sí, para ser persona de pleno derecho pero sólo de pensarlo el juez agotador que hay en mí sentenciaba que era demasiado teatro para aquel pastel. Podía estar comiendo bocadillos de mortadela yanki con mostaza pero vivía en un barrio estupendo, todos los días tenía mi café y todas las noches mis cervezas en Castro. Claro había que dejarse ver y después vendría el amor, Los Ángeles, Las Vegas, Nueva York…

31/10/08

Mi noche de Halloween

Hace unos días que llamaron misteriosamente a la puerta y cuando abrí me llevé la sorpresa de encontrarme a tres niños disfrazados, trajes negros de quién sabe qué y caras pintadas, que gritaban ‘¿truco o trato?’. Una vez caí en la cuenta de que se acercaba Halloween no podía parar de reír pues le encontraba gracia a la cosa. No recordaba bien cuál era el protocolo y les pregunté qué querían. ‘Chuches’, gritaron al unísono y les dije que en casa no teníamos esas cosas. Se les quedó cara de decepción, tanta que tampoco hubo trato y supongo que les parecí un verdadero ogro de los de cuento. Hoy se celebra esta novedosa e importada fiesta, patrocinada por los grandes almacenes y ambientada por las películas de Hollywood, reclamo de bares y discotecas, que conocí en su país de origen hace algunos años cuando llegué a San Francisco para estudiar inglés en versión yanki. Hacía unos días que acababa de llegar y estaba alucinado por la nueva situación y aterrorizado por el ambiente en sí de una ciudad tan grande y tan sorprendente. En aquellos primeros días recalé en el Green Tortoise (Tortuga Verde) un albergue para estudiantes, de aires genuinamente hippies, que me fascinó por su ambiente comunal aunque no oliese muy bien. Como había pasado pocos días desde mí llegada todavía tenía un poco de miedo y sólo había recorrido los alrededores de Broadway Street y Columbus Street, donde estaba la librería y el bar que frecuentaba mi admirado Jack Kerouac, padre del movimiento Beat. Pero llegó Halloween y se anunciaba un gran desfile en el barrio gay de Castro. No me lo podía perder, al fin al cabo estaba en aquella ciudad para explorar y explorarme, así que decidí romper el círculo de seguridad y viajar en autobús a aquel barrio que no debía estar muy lejos pero que en una megaciudad me parecía el confín del mundo. Un par de pintas gordas de cerveza para coger valor y ¡allá vamos! Cuando me bajé del autobús se abrió ante mí un mundo de película, un desfile de color tan grande que me dejó atónito. Entre fantasmas, monstruos y brujas, danzaban los más impresionantes hombres leather con el culo al aire, las más llamativas dragqueens y las más masculinas camioneras que había visto en mi vida. Y allí se mezcló este jovencito provinciano al que todo le parecía grande pero que terminó persiguiendo a un ángel alado en el corazón de Castro. Fue una noche increíble que acabó, como buen Halloween, con el pánico que sentí al coger un taxi particular conducido con un negrazo que quiso sablarme pidiéndome bastante guita por el viaje. Se puso bravucón y me ví morir a manos de un monstruo pero salí por la puerta y acabé entrando por las puertas del albergue sano y salvo. Halloween, sí, no puedo olvidar aquella noche cada 31 de octubre…