26/2/19

OTRA CANCIÓN DE AMOR


Incomprensible vacuidad cuando acerco el oído a tu corazón; la canción que nos marcaba el ritmo era otra ilusión más. Si antes estabas agitado ahora me agarro el pecho en un movimiento de consuelo, frenando el desboque que antes correspondías, sustituyendo tu mano tranquilizadora por una canción que me abraza en la soledad. Pero ese gesto es molesto para quien amó, para quien cantaba por las calle con una voz desgarrada de blues en un reino de engranajes y sistemas. En realidad, la música siguió sonando cuando retiré la mano y me la llevé a la cabeza. La música cuando me senté en un banco de piedra a observar la naturaleza y los trinos y los rayos dorados, que comenzaron a repoblar el terreno baldío; entonces las plantas volvían a crecer sobre cenizas. Del silencio al sonido, de la melancolía a la aparición de la belleza afuera. Del corazón agitado a la calma para volver a vibrar y agitarse de nuevo si se puede cantar otra canción más de amor.



                                                                                   Adam and Eve. Jean Cocteau

6/2/19

LA DANZA DEL CHINO


San Francisco. Junio 1997.

Vuelvo a Frisco y, tras coger la máquina del tiempo y trasladarme unos años atrás y en más de mil kilómetros, me veo paseando por Columbus street. Estoy un poco sorprendido porque a pesar del miedo que llevo encima a lo desconocido he decidido ponerme el mundo por montera y salir a la calle a investigar. En ningún momento me he planteado quedarme en el hostal hippie Green Tortoise encerrado en la habitación por miedo, pero desde luego no iré muy lejos; sólo dar unas vueltas a la manzana, tomarme unas cervezas y no alejarme mucho porque sería como una aventura demasiado fuerte adentrarme en la jungla de asfalto, que en esos momentos para mí estaba llena de peligros, como delincuentes armados hasta los dientes y asesinos en serie, fruto de tantos años tragando películas de acción. Pues bien sí, mi amigo me había prometido que me iba a alojar en casa de la abuela de su pareja en Reedwood City cuando llegara a Frisco, pero dado que habían gastado demasiado en teléfono la pobre señora dijo que allí no entraba ‘a fucking spanish more’.

Hace frío en San Francisco, el asfalto de las calles está plateado y moteado por los reflejos de colores de los neones gracias a una lluvia que no he visto. Las luces son de los sex shops que pueblan las calles adyacentes que me llaman con sus interiores inquietantes, pero no me decido a entrar porque me parece demasiado y el miedo me hace pensar en robos y violaciones. Me sorprende que todos los homeless (vagabundos sin techo) que me encuentro me sonrían amablemente pero no consiguen ahuyentar mi miedo sino alarmarme, y termino pensando que la calle podría ser muy dura si seguía caminando y alejándome del hostal. Decido ir al bar que estaba al lado y tomarme un par de pintas de la cerveza más espesa que había probado en mi vida. Y como me animo tiemblo de emoción por todo lo que tenía por delante que vivir cuando le echara cojones ¡Sí, joder, aquí está el sueño americano, prepárate! Pero es la una de la madrugada y todos los lobos urbanos deben andar sueltos en busca de sus presas.

Vuelvo al hostal y me dirijo al salón comunitario. Todo muy hippie, cena gratis y cervezas en la máquina, mmm. Hay tanta gente joven reunida de todas partes, europeos, mejicanos, asiáticos… Algunos tocan la guitarra, borrachos y fumados. Sí, fumados, porque hay una gran nube densa que cubre la atmósfera y un olor a…hierba que coloca sin tener que dar caladas. El lenguaje y la timidez me hacen sentir cohibido y solo observo manteniendo las distancias, pero como estoy agotado y algo beodo decido sentarme en un sillón desfondado junto a otros huéspedes. Entonces un joven chino comienza a hablarme, —un joven chino hablando mal inglés a un joven andaluz hablando mal inglés—, y no lo puedo entender bien pero nos comunicamos. Charlamos y gesticulamos, fumamos y todo se va aclarando hasta que surge la conexión por la influencia de la cerveza y de la hierba. En la nebulosa consigo entender que en China lo habían encerrado por homosexual en una celda diminuta durante días y que se habría vuelto loco si no hubiera sido por la meditación y por aquella extraña coreografía que me interpretó al momento —luego supe que a aquello lo llamaban Tai Chi—. Afortunadamente solo fue un arresto por escándalo público y tras salir a la calle comenzó a planear la gran huida del país. Y todo había terminado allí.

Me sentí feliz por él pero pensé que de alguna manera yo también estaba huyendo de algo. Era muy tarde ya y el joven chino comenzaba a arrimarse demasiado con ronroneos felinos, me excusé alegando que estaba borracho, fumado y cansado, —cosa que era verdad— y me fui a acostarme a la habitación comunitaria, que olía a queso amargo y sonaba como un ogro. Tardé en dormir pues en mi cabeza cansada retumbaban los ecos de la danza del joven chino en una celda.