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21/2/10

Quisiéramos saber tocar nuestro piano


¿Cómo superar un bloqueo vital si no nos ponemos a movernos sin más? Suelen salir preguntas para intentar aclarar por qué llega uno a un punto en el que no hay manera de ponerse manos a la obra. El elevado nivel de exigencia puede que nos esté haciendo ver que tenemos heridas donde hay simples moratones. Si miramos queriendo encontrar daño probablemente veamos una fuga en la herida de nuestro costado o una pérdida de sangre en aquel otro punto, un poco más centrado quizá, donde localizamos el centro de las emociones. Si queremos dolor quizá lo encontremos en nuestro corazón o en aquel otro lugar donde reside el orgullo, herido por considerar que no se ha recibido lo que uno merece. Con objetividad, si ampliamos el mundo de heridas y las comparamos con otras pueden parecer poca cosa, aunque esto son baremos morales, consuelos pseudo religiosos, y al fin y al cabo residimos en nuestro hogar todos los días del año ¡Cielos, si nos ponemos a relativizar puede uno descubrir que, en realidad, nunca hemos recibido una puñalada certera a posta! Todo son quejas relativas, todo depende del nivel de exigencia ¿Pero quién alivia ahora nuestro bloqueo?¿Por dónde anda el suspiro que nos permite continuar, dónde la clave del misterio, qué hay que recordar para retomar la buena onda tranquila que nos refresca cuando menos la esperamos? Quisiéramos tener un botón que pulsar cuando los compromisos ahogan, cuando sentimos que no podemos dar la talla, cuando necesitamos estar en paz para amar al mundo o para amar a alguien exclusivamente. Tocar la tecla adecuada para emocionar, para hacer pensar, para reconducir odios y rencores. A lo mejor quisiéramos saber tocar nuestro piano, hacer música con nuestra personalidad, para bailar un lento cerradísimo con otro cuerpo o hacer mover el esqueleto de un grupo de amigos cuando les embarga la pesadumbre o el aburrimiento. Pero ¿Cómo queremos mover lo ánimos ajenos cuando no encontramos nuestro si bemol o nuestro do mayor? Quizás cerrando los ojos, escuchando la música que llega desde la caja torácica de otra persona, una voz melodiosa, un ritmo de palabras que te coloquen en la frescura optimista de un instante. Si erramos el rumbo anhelamos que nos pongan los pies en la tierra pero de buena manera porque detestamos aquellas notas ásperas que nos despiertan de golpe, quizá con la intención de provocar espasmos. No, nada que no sirva para salir de un bloqueo. Queremos esas notas que nos ponen a tono, do re mi fa sol, esas lindas voces que no nos engañan, pero que no nos engañan con dulzura. Y así la melodía no acabará porque se rompa una cuerda, porque andemos desafinados temporalmente, si no suena bien el piano cerraremos los ojos y escucharemos hasta que alguien nos de el correcto acorde...

20/6/09

Morir de éxito


“Bueno, hay que coger el toro por los cuernos ¿Realmente tienes más historias que contar que merezcan la pena? Porque ya sabemos lo bien que dibujas a los fracasados, vendiste doce jodidas ediciones y ahora dices que no puedes escribir una línea”-empieza a abordar el tema furiosa porque no está acostumbrada a tener que salvar a los escritores de su naufragio. Es una mujer perfecta, hasta en los dramas tiene glamour. Dos firmes guantazos de perfume lo espabilan y la mira por primera vez, de abajo a arriba, porque está a sus pies haciendo glugluglu, hundido y tumbado en calzoncillos en la fina moqueta de un hotel. Ante él se erige una mujer poderosa. Medias negras de rejilla, un vestido ceñido a un cuerpo de guitarra, su piel blanca y perfecta, su pelo negro azabache y toda esa delicadeza de su cara astuta coronada por un oscuro rojo en sus labios. Sabía que su editora acudiría rápidamente a su llamada desesperada de socorro y la había recibido agonizando en el suelo con una estudiada pose para marcar sus mejores músculos. Tenía sólo dos meses para ponerle en el regazo una nueva novela que le quitarse de encima la jodida etiqueta de escritor revelación’. Cumplido el plazo sólo había hecho el esbozo de dos ideas y a partir de ahí… la mente en blanco. Abatido se había tumbado sobre un lecho de hojas blancas, pruebas de impresora con frases incompletas, la impresora escupiendo unos signos indescifrables, la impresora desangrándose en páginas inútiles antes de morir. Ya no tenía fuerzas para inventar nada más, se había fumado un pitillo de María para intentar destruir el bloqueo creativo y todo lo que consiguió fue flotar y no entender nada y un fuerte dolor de cabeza, por lo que se tuvo que tomar dos paracetamoles con dos whiskys. Y entonces se había quedado agarrado en el mueble bar sin poder moverse. Estaba en las últimas, planeando sobre la moqueta, cuando la puerta se había abierto dibujando la silueta de aquella mujer seductora que le había llevado al éxito sobre unos tacones de diez centímetros.
-Pobre chiquitín, mamá está aquí- lo consuela esa dulce voz profundamente hipnótica, y decide dejarse llevar cerrando los ojos y recostándose en una moqueta que se vuelve líquida. El frío de la guadaña recorre su espalda como un hielo que resbala profundo...