20/6/09

Morir de éxito


“Bueno, hay que coger el toro por los cuernos ¿Realmente tienes más historias que contar que merezcan la pena? Porque ya sabemos lo bien que dibujas a los fracasados, vendiste doce jodidas ediciones y ahora dices que no puedes escribir una línea”-empieza a abordar el tema furiosa porque no está acostumbrada a tener que salvar a los escritores de su naufragio. Es una mujer perfecta, hasta en los dramas tiene glamour. Dos firmes guantazos de perfume lo espabilan y la mira por primera vez, de abajo a arriba, porque está a sus pies haciendo glugluglu, hundido y tumbado en calzoncillos en la fina moqueta de un hotel. Ante él se erige una mujer poderosa. Medias negras de rejilla, un vestido ceñido a un cuerpo de guitarra, su piel blanca y perfecta, su pelo negro azabache y toda esa delicadeza de su cara astuta coronada por un oscuro rojo en sus labios. Sabía que su editora acudiría rápidamente a su llamada desesperada de socorro y la había recibido agonizando en el suelo con una estudiada pose para marcar sus mejores músculos. Tenía sólo dos meses para ponerle en el regazo una nueva novela que le quitarse de encima la jodida etiqueta de escritor revelación’. Cumplido el plazo sólo había hecho el esbozo de dos ideas y a partir de ahí… la mente en blanco. Abatido se había tumbado sobre un lecho de hojas blancas, pruebas de impresora con frases incompletas, la impresora escupiendo unos signos indescifrables, la impresora desangrándose en páginas inútiles antes de morir. Ya no tenía fuerzas para inventar nada más, se había fumado un pitillo de María para intentar destruir el bloqueo creativo y todo lo que consiguió fue flotar y no entender nada y un fuerte dolor de cabeza, por lo que se tuvo que tomar dos paracetamoles con dos whiskys. Y entonces se había quedado agarrado en el mueble bar sin poder moverse. Estaba en las últimas, planeando sobre la moqueta, cuando la puerta se había abierto dibujando la silueta de aquella mujer seductora que le había llevado al éxito sobre unos tacones de diez centímetros.
-Pobre chiquitín, mamá está aquí- lo consuela esa dulce voz profundamente hipnótica, y decide dejarse llevar cerrando los ojos y recostándose en una moqueta que se vuelve líquida. El frío de la guadaña recorre su espalda como un hielo que resbala profundo...
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