12/6/09

Bastaría una noche en Conil


Primer día de calor sofocante en Sevilla. Este año los dioses no habían acostumbrado a un tiempo inestable y a unas temperaturas moderadas. Y ahora de sopetón sólo puedo decir buff. Mi personaje llegará a las cotas más altas en su capacidad de filosofar mientras que los huevos puedan freírse en el asfalto. Este fenómeno térmico hay que tomárselo en serio, no puedo borrar de mi mente a una pareja veterana de alemanes luchando por despegar las suelas de sus zapatillas durante la ola de calor de la Expo 92. A cada paso levantaba una serie de gruesos filamentos de chicle grisáceo. Los pobres diablos enrojecidos trataban de avanzar, sin fuerzas por la risa floja y la deshidratación. Pero nada detiene a las hordas extranjeras que con sus Nikon fotografían cada palmo de piedra y trozo de piel. Mi personaje baja a Mateos Gagos, a esa taberna antigua desde donde se puede divisar a la perfección a la Giralda. Pide un montadito, unas aceitunas y una cerveza. Tratará de hacerse la idea de cómo se comporta un pedazo de soltero, pondrá la cara del romance sevillano, de la canita al aire, de la mejor oportunidad para conocer la ciudad. Y se da cuenta que justo a un lado hay una tienda de souvenirs. Lo suyo podría ser un mejor recuerdo que un azulejo de porcelana pero, al fin y al cabo, cumplían la misma función, se podrían firmar como ‘Recuerdo de Sevilla’. Los zapatitos relucientes que llevaba se los había regalado su amante japonesa. Esa mujer delicada era muy importante en su país, cinturón negro, tres idiomas, una aptitud desinhibida en la cama y un móvil que era el ordenador de la Nasa en una cuartilla… Le había costado despegarse de ella, no podrían mantener un vínculo mayor por la distancia y por su…marido. No obstante la amante oriental estaba empezando a convertirse en posesiva según se alejaba en miles de millas de distancia. Ya la había colocado en el avión, posiblemente no la vería en un par de meses aunque no ha parado de mandarle mensajitos obscenos.

Pero él se quedaba en Sevilla con ganas de tirarse con alguien con un mojito en la mano, frecuentar un refugio alternativo, recorrer los barrios de otra personalidad, a ser posible los bajos. Será otra vez la vocación de pareja esta que tiene absurdamente. Con la de vueltas que he dado no puede aceptar que sigan estas pulsiones. Las cambiaría por cualquier aptitud profesional o por un cochino hobbie de mierda, no sabía, cualquier cosa como montar maquetas o construir escenarios de batallitas a escala. Pero no, ahí estaba otra vez el sueño de una noche de verano. Y si fuera una estaría bien, pero bien podría ser muchas deseándolo, como le ha ocurrido otras veces. En estos momentos en los que hay que defenderse del ambiente con una carta de banco para darse fresquito ninguna cosa vendría mejor que un calentón, qué curioso. Bueno, también ese tinto de verano que se está tomando mientras recibe mensajes calientes de Yushiko y el termómetro de la Plaza del Triunfo marca más de cuarenta grados. No sabía porqué había decidido coger un puntito a aquella hora, el alcohol sólo le vendría bien si tuviese asegurado unos abrazos que le rescatasen antes de llegar al precipicio de sufrir una lipotimia. Examina la clientela del bar pero la cabeza se le va a los altares y se pone a reunir elementos del pasado construyendo una noche con pagoda, estrellas, mar, oleaje, oscuridad profunda, temperatura apacible, cerveza, risas y esa compañía tan caliente cobijada entre un nudo de brazos. En realidad sería tan barato y cuesta tanto reproducirlas, mira, ahí se ven las cosas del auténtico valor. Estar en Bangkok le costaría miles de euros cuando bastaría una noche en Conil siquiera…
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