7/6/09

Pequeña teoría del deseo


Mi mamá me dijo que si deseaba las cosas con fuerza se cumplían. Y yo cerraba los ojos con fuerza hasta que las lágrimas caían o hasta que me entraban ganas de hacer caquita. Son las primeras instrucciones para comerse el mundo que nos enseñaron, están ahí, en la más profunda capa de la biblioteca cerebral. Tarde o temprano te dabas cuenta de que alguien no había dicho la verdad pero ya cuando comprabas que la lotería no tocaba ni de coña. Puede que no lo entendiera bien, este consejo escrito en una tarjeta infantil con letra temblorosa, puede que la cosa fuera simplemente alimentarse de buenas esperanzas, construir cierta predisposición, favorecer el éxito y la felicidad. Por supuesto que el gallito filósofo que llevaba dentro había elaborado ya una decena de teorías sobre el fracaso. Aquello sólo podía ser un campo de energía que se transmite entre neuronas que se estaba dedicando a liarla en vez de trabajar en esa feliz ignorancia de que todo es posible. Y bueno, que pechá de pamplinas, jejeje, así como quien no quiere la cosa cierro los ojos hasta ponerme colorado. Y veo en la oscuridad a alguien que se acerca, que me pone un dedo en la boca para no dejarme exponer mi filosofía, ésa es la vida. Alguien que se acuesta lentamente y que sólo quiere estar conmigo un rato en silencio o silbando una canción… Alguien que, después de quitarnos el polvo y las telarañas de encima, me arregla la espalda mientras le leo algo de Kerouac. Besar tatuajes mientras viajamos por el Medio Oeste será posible y, a la misma vez, comprobar cómo sabe tu piel. Pero no es nada sexual, es una cuestión de confianza que yo conozca tu cuerpo…
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