28/11/08

Crónicas de Frisco (I)


Bajaba por la cuesta de Dolores Street cantando una cancioncilla por el tema de airear las preocupaciones, tenía que ir a llamar a la familia desde una de aquellas cabinas telefónicas que tenía seleccionadas como puntos de conexión hacia el centro de mis emociones, no era fácil dar un reporte de que todo no iba tan encaminado a la senda del sueño americano de un chico sureño, pero sureño de España, que en yanquilandia era como primo lejano de un mejicano (Ay mejicanos, la mano de obra de San Francisco, tan extraños en la gran ciudad cuando es tan vuestra) Había que llevar quarters suficientes para la máquina tragamonedas, que engullía como una condenada porque comunicarse a tantos kilómetros de distancia era echar por la ranura y pensar en cuántos minutos te quedaba de cariño familiar, mientras te temblaba la voz y templabas los ánimos, y hacías versiones de la rutina más favorables para los oídos oficiales que esperaba buenas noticias. En la otra mano un cigarrillo que se consumía a velocidad de la luz y había que encender otro mientras con la oreja mantenía presionando el auricular y los ojos alerta bizqueando, pues uno tenía que estar puesto en la acción de darle de comer al teléfono y el otro analizando el terreno para que no viniese un brother con ganas de beber a tu costa. Ah sí, esas botellas que se esconden en bolsas de papel pues no se puede beber en la calle y los vagabundos son tan educados que si no se ve la botella mejor. Y del corazón salía el verdadero hilo telefónico, el cable del amor que comunicaba directamente con España, sobrevolando esos grandes aviones que en el cielo de Estados Unidos son como un enjambre. El hilo de la imaginación también corría paralelo a los impulsos eléctricos porque había que ser coherente para que no me pillaran quejándome, al fin al cabo había elegido todo aquello, sentirse como huéfano de cariño, malcomer y beber para olvidar, pasear con la sensación de que andas por una ciudad IMPRESIONANTE pero que andas desde este lado del escaparate porque realmente no te dejan entrar hasta el tuétano, hasta tal punto somos extraños los extranjeros introvertidos por lo descomunal de aquella sociedad. Me podía haber casado con una mejicana también, sí, para ser persona de pleno derecho pero sólo de pensarlo el juez agotador que hay en mí sentenciaba que era demasiado teatro para aquel pastel. Podía estar comiendo bocadillos de mortadela yanki con mostaza pero vivía en un barrio estupendo, todos los días tenía mi café y todas las noches mis cervezas en Castro. Claro había que dejarse ver y después vendría el amor, Los Ángeles, Las Vegas, Nueva York…
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