24/11/08

De Shopping


Hoy he sentido que tengo que actualizar mi vestuario, comprarme algunas cosillas que me hacen falta vamos. Ya llevo rondando con el tema de que necesito unos pantalones pero últimamente estoy poco consumista, poco materialista, poco salgo tampoco como para lucir prendas y prefiero gastarme el dinero en comprarme un libro, por ejemplo, y no es por dármela de intelectual. Me ha dado por ahí y me viene bien. Pero esta mañana tenía tiempo y decidí entrar en una tienda a probarme pantalones. Un poco oxidado me he visto ya en esto del Shopping aunque antes me gustaba, además no había suficiente personal y eso que era una tienda bastante grande. Sólo dos chicas apuradas y el encargado, que como todos sabemos no suelen trabajar sino estar “al tanto de las cosas importantes”. Pues como no había nadie para atender he tenido que coger las prendas averiguando la talla a ojo. El primero me estaba súper pequeño, dura prueba probármelo porque tuve que ver que mis piernas no han engordado todo lo que se le ha echado de pesos encima en el gym, en fin, qué coraje, habrá que seguir currando duro para conseguir volumen. El primero entonces ridículo y ya empezaba a sudar porque los probadores son una sauna, el sitio más incómodo del mundo para probarse nada, tan pequeño y con esos focazos juzgándote mal. Voy por el segundo, joder, demasiado grande. Me miro en el espejo de perfil y no me reconozco porque claro como siempre me miro de frente. Hago todo eso que todo el mundo hace en los probadores a cierta edad, mirarse si hay granos en la cara y las canas que hay en el pelo. Sudo con profusión y ya me siento sucio, cada vez estoy más convencido de que me tengo que comprar ropa nueva para sentirme limpio como insinúan en tanta publicidad. Buff, nueva ropa para sentirse nuevo, refrescante, seductor. Me doy cuenta que aunque evito los anuncios en televisión los pequeños fragmentos que se cuelan calan hondo. Es que son muchos años de comida basura publicitaria para ver las películas que ‘estrenan’ cada tres meses en las cadenas. Salgo a por el tercer pantalón y me doy cuenta que la rebaja prometida es una argucia para vender tallas pequeñas y grandes de una prenda en stock. Joder, cagoenlaputa. Cojo otro modelo, más caro por supuesto y ya siento cómo el gancho del anzuelo comercial se debate por arrastrarme, me lo pongo y no me cierra el botón con lo que parece que estoy gordo cuando soy más bien delgado. Es como si a ojo quisiera verme más chiquitito de lo que soy y es que, claro, el espejo me revela más delgado de lo que pensaba y empiezo a desconfiar de la veracidad del reflejo. Me digo. ‘esto lo tienen trucao para que las chicas piensen que le sientan bien las prendas y no se vean gordas y compren, compren’. En fin, ya sudo con acopio y cuando salgo veo por fin a una dependienta malhumorada devolviendo prendas abandonadas a sus perchas. Le digo ‘es que no doy con la talla, hija’, murmullos como respuesta ¿o era un rugido? Como veo que no hace esfuerzo alguno por ayudarme, me compadezco de ella, cojo los cuatro pantalones que me había probado y le pregunto si los devuelvo a su sitio, comprendo que debo hacerlo por su cara y le digo ‘le he colocao las perchas y todo, eh’ y, por fin, cielo santo, consigo que articule una sonrisa, pero ya es demasiado tarde, se me han quitado las ganas de comprarme nada. Me voy cabizbajo pensando en que otra vez será pero no la juzgo, los que tienen la culpa son los cabrones de explotadores que las hacen trabajar de esa forma en una tienda de 1000 metros cuadrados.
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