13/11/08

¡Joder, otra de yonkies!


Joo, me he comprado un libro que no voy a poder leer, al menos por ahora. Se llama ‘Azul casi transparente’ de Ryu Murakami. Sí me llamó la atención ese título tan bonito y además en la contraportada decía que esta primera novela de un estudiante japonés de 24 años había sido galardonada con un premio importante y que había vendido más de un millón y medio de ejemplares. Bueno, jejeje, también por que en la hipnosis se apuntaba que eran las peripecias de un grupo de adolescentes que viven cerca de una base norteamericana y se deslizan por la vida entre música, drogas y orgías (joder, es como leer para saciar el apetito de las cosas que no frecuento en la vida). Pero comienzo entusiasmado la lectura y me encuentro con otra historia de yonkis y heroína. Y decido posponerlo, ya tuve bastante con ‘Trainspotting’ de Irvine Welsh, que me gustó pero la verdad me producía dentera meterme en ese universo límite drogata, que vuelve a las personas medio zombies y profundamente egoístas. Los de Edimburgo eran una pandilla brutal, con un asco por la vida, decepción y afán de autodestrucción. Sus integrantes, por muy colegas que fuesen, eran capaz de darse puñaladas por la espalda por calmar el mono, ese desagradable martirio que en la novela de Welsh se convierte en un personaje más. En fin, con esfuerzo lo terminé porque era una narrativa interesante y además me parecía que plasmaba muy bien el lenguaje de la calle, las pasiones y odios de una sociedad joven que está enferma por la falta de recursos y posibilidades de futuro (paro, individualismo, falta de valores) Pero lo del rollo yonkie me es muy difícil de tragar y, además, no lo entiendo, no entiendo por qué se metían esos viajes para sentirse como la mierda, para desangrase y perder cualquier aliento de vida e ilusión. También lo intenté hace algunos meses con William Burroughs y su ‘Almuerzo desnudo’ y qué pena, tampoco estaba preparado para esa lectura. La obra es muy dura y flota en el delirio de la heroína también, en un lenguaje que es incomprensible para mi pero que me gustaría descifrar. Me hace pensar en las posibles ópticas del intelectual yonqui que, enfrascado en una caída al vacío o en dejarse llevar por ese vacío sentido dentro, son moduladas por la influencia de sustancias exógenas. La falta de esperanza, la incredulidad, el abandono de uno mismo van haciendo mella en la persona que escribe. Cuando esos procesos se desatan ¿Es posible desandar el camino? ¿Volver a la felicidad de la ignorancia? ¿No era eso lo que buscaba Burroughs en el pozo de las drogas? Malditos elixires que atrapan voluntades y hacen ver universos negros o podridos. Aunque los viajes sean malos viajes queda el conocimiento, la experiencia de lo vivido, pero si sirve de algo ese nihilismo prefiero ahorrármelo. Quiero caer engañado por la ilusión pero buscaré en mi interior, dentro de los cajones recónditos de mis muebles cerebrales la sustancia que me anime. Si es la fórmula química del amor lo que me devuelve la ilusión tanto mejor y no importará que me idiotice por alguien, perder la voluntad o perder el culo por hacer feliz a quien no se lo merezca… Me siento afortunado fuera del alcance de cualquier precipicio, afortunadamente estoy lejos del límite aunque con miedo en el cuerpo de no ver los baches en el camino del juego social. Si he perdido creatividad y me bloqueo no me importa, no quiero ver monstruos, no quiero describirlos, dejaré que esos universos podridos se consuman sin describirlos… Voy a tener que leer bien lo que compro antes de llevármelo a casa, además, porque cuando mi familia vea la biblioteca que tengo, jejeje, aunque claro encuentro placer en llevarme buenas sorpresas, descubrir autores e historias que me enganchen (esto si merece la pena que enganche) y en vivir viajes alucinantes que en la monotonía de la realidad no sería capaz de hacer.
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