21/11/08

Poderoso fuego


Buff, con ganas de sexo salvaje otra vez ¿Pero este chico no es capaz ya de emocionarse con una historia corriente? Digo de las de quedar a tomar un café, charlar y decidir si se viaja lentamente a un tanteo de preludios suaves. Una cosa normal vamos, pero se le pone como la piedra con el morbo, el guerrero de cabeza púrpura babea con los juegos de sudor, saliva y poder. En una demostración de rabiosa virilidad, mostrando con sumisión sus ansias por recibir, cualquier extraño podría despacharse a gusto. Después no es tan receptivo para los gestos fraternales, para los cuentos románticos que se puedan enmarcar en poesías recurrentes. Preferiría caricias en su desnudez a la luz de la vela pero yace boca abajo en la oscuridad, inmovilizado, escuchando rugidos en vez de susurros ¿Y eso le eleva? Le lleva al éxtasis aunque le convierta en un objeto sexual. Aunque no lo vea llegar ofrece su profundidad y recibe con ganas tan tremenda intromisión, sin embargo se muestra más reservado ante los tímidos avances de cualquier otra clase de caricia. Una voz áspera ordena el amor y lo da, cuando es mucho más desconfiado ante los acercamientos diplomáticos de la seducción. Y eso que había jurado volver a esperarlo todo recostado en sábanas de seda, con una copa de vino en la mano pero las esposas, las fustas, las máscaras siguen cautivándole. Qué fuego le provoca. Bueno, le gusta porque es el fuego que parte de dentro, del centro de la tierra, del centro del alma. Es el fuego que apaga continuamente, el que se encrespa con llamas aunque prefiera aguas tranquilas. Habla de relaciones formales y aparece el deseo salvaje como un incendio subiendo por las escaleras de un edificio. Habla de amar a alguien y se enciende su ansia por gozar de su cuerpo, sin poder controlar que aumente en grados la temperatura de la piel. Cree que tiene controladito ese fuego porque le podría perder como cualquier cosa que lleva a los excesos. Un nerviosismo le sacude los cimientos, perlas de sudor le transpiran primero la frente, pero son imperceptibles, y después le sudan los bajos sí, porque el calor descansa allí. Un fuego que tiene más fuerza que cualquier reflejo cerebral y que arrastra todos los filtros que lo depuran, como una obsesión exigente, no deja espacio al puro instinto social, donde median intereses, cánones de belleza, compromisos, esos apagafuegos. La fuente de calor existe muy dentro, pura, está ahí formando vapores, cargando esperanzas, generando movimientos involuntarios como miradas de reojo, solicitud secreta, suspiros disimulados entre la multitud. Se manifiesta en el brillo de sus ojos, eso no lo puede controlar tampoco y genera temas de conversación banales para disimular un poco, incluso se habla del tiempo ¡Qué calor! Se le seca la boca ¡Se le seca la boca cuando más seductor quiere parecer! Tartamudeos como seísmos formándose, aliento humano que sale cuando quieres que salgan flores o imágenes brillantes. Muchos hablan del fuego que les lleva a la locura, a la manía posesiva, del orgullo individual al ‘no podría vivir sin ti’, pero eso es echarle mucha poesía cuando lo que le desvela es el fuego incontrolable que crece de dentro…
Publicar un comentario