10/1/10

Flexible


El verdadero camino requiere sus paradas, quizás sean éstas las que provocan la metamorfosis. Mas valía creerlo así. No había que preocuparse por no moverse de momento pues algo estaba cambiando dentro de nosotros. Una fuerte nevada había sido la causante de que no pudiésemos movernos. Aún con la misma vista a través de la ventana, hora tras hora, las cosas cambiaban, aquello era el devenirrrrrr y como en un río nada era igual. Pequeñas diferencias imperceptibles, las hojas muertas que se movían en remolinos entre copos brillantísimos que caían como balas. Un diablo llamado invierno nos había alcanzado rodando y los mismos ojos que miraban, la misma persona en la que morían células constantemente comprendía que deshacer los traumas era la base para la renovación. Sólo tenía que volver a contemplar un pasado reciente de risas y movimiento. Pero sí, metidos en aquella habitación parecía que en ese devenir constante había cosas que no cambiaban, o que se repetían eternamente, como los tan denostados ciclos que formaban burbujas de aislamiento. En los sueños siempre veía una cometa y no sabía por qué, después entendí que ese hilo que me mantenía sujeto para que no me llevase la corriente estaba hecho de amor y el viento, que me azotaba fluctuante y juguetón, de sabiduría. El mundo estaba hecho de aventuras pero ninguna como aquella en la que dos caracteres fuertes se amoldaban para no molestarse porque no había escapatoria, no había sitios donde esconderse cuando había roces. Mi único alivio era que desde el torreón sacaba la cabeza por la ventana y estiraba el cuello como una gárgola y la nieve me devolvía un fulgor dorado deslumbrante y respiraba profundamente para sentir el dolor agradable de los cristalitos del aire puro y helado. No viendo nada podía imaginar las siete colinas sucesivamente más altas que me separaban del mar. Desde lo alto me había acostumbrado a verlo todo con cierta distancia, incluso a mí mismo, pero sólo tenía que estudiarme ante el espejo para ver como el blanco también invadía mis sienes. No era un príncipe, era un hombre más con los sueños infantiles moribundos, un hombre que había perdido la inocencia y podía ser también un ogro en vez de un príncipe enjaulado. Me agarré a las cortinas como si fueran barrotes de una celda, porque aunque aquello no tuviera cerrojos o candados ciertamente estaba atrapado. Bloqueado por un miedo tan insuperable como inexplicable. Por fortuna sólo tenía que cerrar los ojos y recordar para convertirme en un flan. Así que me comí mi orgullo y volví a su lado. Automáticamente ocurrió el milagro, perdoné y pedí perdón, humildemente, a pesar de haberme sentido víctima y una piedra de aire que había estado obstruyendo la boca de mi estómago se deshizo y sentí levedad. Mereció la pena porque minutos después estábamos besándonos entre risas…
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