16/1/10

Te dejaste la puerta de la jaula abierta


Saliste para arreglar el motor y aquello te tomó más tiempo que de costumbre. El problema es que me había dejado amordazado, como siempre que te vas. Sin tu compañía protectora era incapaz de moverme, no podía pedir ayuda porque cualquier grito sonaba débil y no había razón, quién querría haber huido del cautiverio de la pasión. Si huía el terreno estaba lleno de pozos solitarios que me volverían a atrapar y sabía que habría disfrutado de breves complacencias para después volver a sentirme como un pez fuera del agua. Nadie como tú me podría echar un guante, ningún alivio si me quitaran las mordazas de tu poderoso enganche, pues habías pintado mi vida aburrida con los colores difusos del paisaje. Lo que no sabías cuando quisiste llevarme contigo era que iba a encajar tan bien en esa maravillosa improvisación de la huída; no sabías que había llevado dentro desde hacía mucho tiempo aquella necesidad de protección y control que tan bien ejercías porque era un bala perdida, era un retrato de un naufragio, un débil eco que se apagaba en un precipicio. Pero, claro, dependíamos ambos del motor de un coche y sólo uno podía ir a buscarlo. Tu ausencia me devolvió aquel desasosiego de la libertad limitada a unos metros cuadrados. Sabiendo que dejaste la puerta abierta, no intenté escapar del compromiso porque ya estaba emponzoñado por tu veneno, acostumbrado a tu seriedad calculada que te cubría de nobleza como una armadura, disfrazando tu debilidad. Inmóvil ante la posibilidad de escapatoria temblé por esa solitaria posibilidad y, complacido, esperé tu vuelta, no había nada mejor en el mundo que el espejismo que sufrías de que te pertenecía. Y como un canario en su jaula seguí silbando un blues a pesar de que la puerta estaba abierta…
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