6/2/10

Acción revolucionaria contra la expansión del universo


Seguíamos mirando de reojo al mundo, con sus contradicciones, sus irrealidades, acometiéndonos de frente, presentándonos un muro infranqueable, unas reglas del juego duras, huracanes frente a suspiros de emoción apagada porque no sentíamos interés alguno en revindicarnos públicamente. No a través de las vías corrientes, sólo se nos ocurría ser revolucionarios, soldados de liberación de las vergonzosas presiones del mundo. Y en aquel momento lo que nos traíamos entre manos era mezclar nuestras piezas del puzzle para averiguar si podíamos formar un todo. Cogía mis palabras e intentaba escribir con el alma para revelarte cosas que te auparan aunque me salían composiciones de ánimos serpenteantes. La hora adecuada para sentir una especie de simbiosis era el crepúsculo, justamente cuando lo que debía de ser un día de esclavitud laboral para pagar la renta empezaba a apagarse y se fundían nuestros deseos íntimos porque llegaba el momento del recogimiento, llegaba el momento de inventarse una oración y cantar a la vida justo antes de adentrarnos en el mundo de los sueños. Aunque no estábamos en el camino del progreso material, de acumular beneficios, sufríamos como todos de ansiedad pero en nuestro caso era porque no podíamos participar en el juego comunitario, ya lo que veíamos era delirante, una carrera, una competición. Para muchos no contábamos, éramos unos desfavorecidos porque no teníamos deudas, hipotecas, sed de gasolina, y nuestra fuerza sólo brillaba alrededor de una mesa camilla, frente a un café o una copa, cuando intentábamos prender la mecha del espíritu colectivo de la raza humana. Éramos unos parias pero cuando caía la noche nos acurrucábamos en las escaleras, bajo el foco dorado en el que orbitaban los mosquitos y nos sentíamos mutuamente recogidos, protegidos por el cariño que empezábamos a profesarnos. Y desde allí observábamos cómo la gente volvía del trabajo apresuradamente para meter una pizza en el horno y poner los doloridos pies sobre la mesa. Pensándolo bien habíamos tenido todo el día libre, sin presiones para que fuésemos cada vez más productivos, sin horarios restringidos podíamos estirar el tiempo para cantar, hacer poesías, pensar en el sentido de la vida, pensándolo bien éramos unos afortunados. No éramos desagradecidos y cuando nos sentábamos en los escalones de la entrada del edificio para ver el nacimiento de las constelaciones dábamos las gracias al sol, a la placidez y comodidad de un día más sin conflictos ni penas. En nuestro propio mundo sí, un mundo quizá más breve, más ilusionado que la realidad pero con un tanto por ciento más de autonomía y dentro de ese círculo acogedor nos protegíamos, atrapados en una alegre filosofía de inconsciencia. Estar así era nuestro sanatorio del alma, nos sentíamos con la fuerza suficiente brillando en un microuniverso…
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