7/3/10

Cambio de roles


Le ató las manos, el frío roce le sorprendió de tal manera que cambió su inocente semblante por una expresión de interrogación. En una situación como aquella no podía haber esperado tan brusco movimiento, elevándole los brazos hacia atrás para fijarlos en unos complicados nudos. Quedaba así indefenso y paralizado por el miedo a lo desconocido. Nunca hubiera imaginado que ofrecería tan poca resistencia a quedar a merced de alguien, tan prudente como era, tan cuidadoso de protegerse de las rápidas incursiones de otras manos. Manos que fueron invadiendo su atmósfera vital, posándose sobre su superficie desnuda, que reaccionó elevando cada poro de piel, convirtiéndolo en una dulce gallina.

Estaba acostumbrado a tomar la iniciativa, a modular su voz de grave seductor para hechizar mientras se acercaba con un gallardo movimiento hacia la intimidad víctima de sus deseos. Sin embargo, de golpe se veía forzado a dejar atrás, como alas plegadas, los nervios que marcan la frontera de los tres centímetros peligrosos entre dos personas. De un plumazo olvidó los estándares, los prejuicios, los papeles rígidos. Era un novato pero era lo suficientemente curioso para aceptar ese progreso respetuoso. De pronto tomó un látigo de cuero y dijo ‘ahora te vas a enterar’, dejándolo con una cara de póquer que no tardó en reblandecerse al comprender que todo era un juego oscuro de placer, que no había furia sino leves marcas y un terrible cosquilleo en el centro de su ser.

Y le mordió el cuello y anuló cualquier separación apretándole las nalgas contra sí, casi traspasándolo, y al percatarse de que todavía podía mantener un movimiento independiente aceptó que mejor sería atarse con cuerdas para menearse ambos como una serpiente. Y le obligó a estar así durante horas mientras le hacía cosquillas con la lengua, lo besaba con violencia, le mordía con dulzura. Le derramó cera sobre su pecho para prolongar aquella llama interna. Se quedaron amarrados hasta que se acostumbraron sus pieles y siendo atacado en los puntos más débiles quiso dejar atrás todo tipo de ataduras, pero por unos instantes, sí, gozaría totalmente unido, vibrar juntos hasta que las glándulas salivares y las lacrimales manaran como fuentes purificadoras de tan tumultuosa simbiosis. Nunca podrían haberle dado mejor respuesta a tanta sobrevaloración del espíritu, quitar los paños de oro del ego congraciándose con caricias y latigazos certeros. Por fortuna en aquel espacio privado del sexo hicieron volar en pedazos los prejuicios y los roles…
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