23/3/10

Villanos de medio pelo


Una temporada sin estar en el centro de la civilización deja huella, aunque hayas navegado en aguas tranquilas y te hayas convencido de que todo iba bien sólo estabas perdiéndote en una ensoñación sin la tregua de descontroles alternativos. Cuando vivías concentrado en tu submundo todas las ambiciones iban creciendo, todos los límites morales difuminándose. Se podía decir que estabas creciéndote aunque hubieses partido de una autoestima sinceramente vaga porque, claro, frente a una situación de pereza a salir de tu entorno vivíamos nuestra entidad desvirtuada por las fantasías. Era fácil confundirse, quiero decir si en tus intimidades más profundas admirabas secretamente a John Wayne, soliloquio tras soliloquio, podías convencerte al final de que compartías muchos rasgos comunes con figura tan destacada y, llegando a los extremos, incluso creerte forajido. Y luego el shock llegaba cuando hacías una inmersión en la ‘realidad’ de la noche y todo el mundo te trataba como poco menos que nada porque todo el mundo, ciertamente, se creía algo en su medida o se creía más que tú mismo, secretamente, con humildad o con soberbia. Éramos así porque no nos gustaba creer en otros villanos que no fuéramos nosotros mismos. Y es que en aquella pequeña comunidad todo el mundo desempeñaba un papel importante y no vengas tú a querer dar el cante o querer dejar huella. Nada podíamos hacer de repente para llamar la atención como no fuese violentamente y éramos seres pacíficos sin ganas de meternos en líos… Y bla, bla, bla, empezamos a hablar como locos con la gente dispersa de aquel pueblo perdido en el culo del mundo y todos nos miraban con el ceño fruncido ¿Pero qué habíamos hecho nosotros? Todavía nada y nos trataban como si fuéramos seres ignominiosos que fuésemos a robar la caja de caudales de la Wells Fargo provincial, que fuéramos a follarnos a las putas que tanto trabajo les había costado reunir en una casa apartada discretamente en el campo ¿Pero qué era aquello? ¿Es que no llevábamos grabada en la cara nuestra mejor de las sonrisas y un corte a propósito de la philishave?

Terminamos marginados en la esquina de una taberna, hablando por los codos con un tipo de la costa que parecía esculpido en madera, pero porque estábamos beodos a esa altura de nuestra entrañable incursión social en una pequeña y apacible localidad del medio oeste. Y cuando preguntamos si había trabajo para sacar unas perras e ir tirando se echaron a reír, el tipo amigable que aguantaba la barra y el camarero agradable de la séptima cerveza. ‘Cerramos en quince minutos que tengáis buen viaje…’ Pero daba igual, aquella noche nos tocaba dormir bajo un manto de estrellas, las camas de la fonda era la única posibilidad que teníamos de tumbarnos a cubierto y no le íbamos a dejar más dinero a aquel pueblo tan acogedor. La estela plateada de la Vía Láctea era tan visible cuando salímos tambaleándonos que creímos distinguir el camino que debíamos seguir. Un camino fulgurante hacia la liberación de la belleza natural, directamente desplegadas ante nuestros ojos centenares de paradas que nos quedaba por hacer. Nos dimos cuenta que gracias a nuestro beodismo caminábamos abrazados fuertemente, dibujando ochos y ceros, cosa que nos produjo tal admiración que temblábamos, no de frío sino de emoción…
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