23/5/10

Hacia la luz caliente


Como un hombre lobo me debatía por manejar las metamorfosis estacionales pero me relajé cuando volví a superar el obstáculo de la eclosión de otra primavera abriendo las compuertas, dejando que las riadas arrastraran mi cuerpo hacia la resurrección de los sentidos. Casi dejé de escribir cuando sentí los rayos de sol calientes cayéndome sobre el cogote, masajeando ese cuello que lo soporta todo con esas manos invisibles. Ya me sentí paralizado en una esquina antes de volver a casa porque la disposición a diluirme en saliva cobró fuerza tirando de mí hacia el espacio abierto, a la bobalicona contemplación de la luz radiante en los azulejos, en las copas de los árboles, en las superficies de los cuerpos que se descubren sobre el césped. No es época para esperar revelaciones, sino para eructar después de un refresco, chupar el brazo de alguien después de lamer el tuyo porque se derriten los helados y una gota de nata dibuja la dirección que deben tomar las cosas. Te liberas de todo porque estás sintiendo un calorcito ahí debajo que borra todo pasado bucólico, rebelde, huidizo, resignado, indiferente, cansado, enérgico descontrolado, romántico tuberculoso. Ni siquiera hay que romper el silencio sino acariciarlo. Echarle cojones para volver a exponer la blanca piel lechosa a los dorados quemadores de una ciudad sartén. Con el corazón encogido en un puño poner un pie en la órbita con ganas de una fiesta sorpresa. Tan merecida que, no sabes cómo, una mano escapará de la tranquilidad forzada rasgando la tela de araña que te atrapaba y brotarán las sonrisas que iluminan miradas. En uno de estos aleteos presumo que forzaré una breve huída, gracias al deseo de apertura sin medida, perseguiré el celo colectivo que despierta cuando luce la calle dorada y precisamente entonces revivirán los sueños tronando en fanfarrias, anunciando que están dispuestos a encarar el estío. De nuevo, desde una baliza perdida romperé el silencio del espacio profundo que acabará con las solitarias noches de correoso anhelo. Cuando me baje los pantalones el faro alejandrino volverá a alumbrar el horizonte, las estelas plateadas que recorren el mar saltarán sobre las olas encrespadas para llegar a la orilla y no pararé hasta poder construir un reloj de arena que se cuele por tu ombligo…
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