7/6/10

Los golfos inquietos


El calentón sobre el asfalto se acumula en las esquinas de los edificios, allí donde se derraman historias calientes sobre una alfombra de restos de cervezas y pipas, los golfos aburridos se agarran del paquete para elevarse sobre el desierto urbano. Y hay veces que consiguen encaramarlos en un pedestal, como para demostrar de que es mejor humedecerse que pasar tanta sequía por no tener cojones de salir de la rutina. Si se aburren pueden construir una erección y sentirse carne caliente, en un escenario devastado, pero ejerciendo su mando con el morbo de las sombras que espían a sus espaldas. ¿Quién se va a enterar? Hay recodos suficientes entre setos y ladrillos, escalones sombríos escondidos de los cotilleos de las vecinas, porque sus hogares y sus camas están repletos de familias desunidas dándose voces a la espera del cocido. A los golfos inquietos les quedan las veredas ocultas para escapar, la intimidad entre naranjos y bloques de cemento, sí, pero con la cabeza hirviendo y el cuerpo pidiendo una sacudida secretísima tienen el poder de enriquecer su territorio. Pueden así transformar su rabia en vigor, hacer especial su elevación sobre el aburrimiento porque al menos una puerta se abrirá si se dejan llevar por una ola de pasión urbana. Cerrando los ojos en una cavidad templada y húmeda incluso podrán imaginar que rompieron las reglas de la compostura antes de llegar a casa. Cuando el mundo aprieta pueden joderse cuantos sueños románticos queden apoyado en simple pared de hormigón. No hace falta más que un metro cuadro caliente para liberarse…

Las pasiones escondidas durante el monótono transcurso de las horas del calor explotarán como petardos silenciosos, las tentaciónes se materializarán en cualquier vulgar rincón, donde saben que podrán ser elevados por una sucia corriente de placer clandestino. Así deambulan por el barrio como vecinos aburridos, dando viajes para comprar tabaco, refrescos con burbujas y bolsas de pipas, sacando a la calle su potente horno sin que nadie lo sospeche. Las miradas bajas, como si también pudieran notarse sucias, recorren las aceras y la fantasía les lleva a formarse la esperanza de que recuperarán ese algo especial que les hacían ser intrépidos. Un sol sahariano calienta el asfalto y parece imposible que pueda haber animal humano merodeando en el barrio, pero un ángel se fríe entre sus alas porque hierve el deseo...
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