10/5/13

El reptil


El joven corre tras una lagartija, se cruza una imagen por su cabeza pero la borra porque no quiere ver cómo la meterá en el tarro de cristal, todavía no. Todos los chicos cazan bichos. A él los insectos le dan asco pero las lagartijas, salamandras, sapos y ranas le gustan mucho. Todo lo que no sea crujiente y pequeño como para meterse por un oído. El bicho verde comete un error y sube por una encalada pared como para exhibir la belleza de su pequeña silueta. Disfruta de sus últimos momentos de libertad porque después se tendrá que acostumbrar a una cúpula de cristal y dos ojos almendrados gigantes que analizarán todos sus relieves, esas dos sombras amenazadoras que le atemorizarán con una perturbadora curiosidad. Por la noche coge a la salamandra y la saca del bote de mermelada para enseñarle las estrellas que se ven en la entrada de su casa. Un muro de vegetación frondosa lo separa del lago, donde las ranas croan sin cesar. En la escalera de madera del portal se sienta con el dinosaurio enano de tacto rugoso que, culebreante, intenta safarse del hilo que le ha atado a una pata para que no sea un fugitivo fulgor verde de la memoria. Aunque examina la maravilla de reptil que tiene como prisionero no puede adivinar la angustia que siente el animal al no poder ir más allá de su esfuerzo ímprobo, cuando antes no tenía límite, pero el chico comienza a descubrir que a todos nos tienen un poco cogidos por un cordel metafórico a las noches plateadas. Y si no qué eran ésas insistentes miradas al espacio profundo que sentía inalcanzable, qué eran esas ganas de volar...
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