18/1/16

INFINITA CURIOSIDAD

A veces me gustaría escribir un cuento que alivie de peso a quien lo lea. Somos humanos que estamos cansados de pelearnos por un sistema que nos etiqueta, cuando sabemos que hay una corriente de armonía colectiva, que es ancestral, que nos conduce a amar sin prejuicios. Lo mismo que la disputa nos ha acompañado desde que formamos tribus siempre se ha hecho la paz con el poder de la imaginación y la ilusión. Se necesitan más cuentos porque nos alimentan con información para atemorizarnos por el rumbo que nos lleva a lo desconocido, pero se olvidan que a lo largo de nuestra historia hemos formado alianzas en busca del amor con la pasión de la fantasía, con la fuerza de la esperanza. Siempre hemos buscado renovar energías ilusionándonos con las personas que nos tienden una mano. Y siempre hemos querido imaginar romances para superar la pequeña pero gran distancia que hay de la mano al abrazo y del abrazo al sentimiento. Bueno, abrazar simplemente para sentir respirar y suspirar a otra persona, para sentir otros latidos. La mayoría de las veces hemos dejado escapar la oportunidad de fluir, de celebrar el placer de estar vivos y nos hemos conformado con el licor de olvidarnos por un momento de tantas estrategias y presiones.
Así que, en fin, érase un hombre estresado que cuando se dio cuenta de que le cambiaban piel y músculos por acero y circuitos huyó antes de que le convirtieran en un autómata. Quisieron reprogramarle el cerebro pero se olvidaron de la infinita curiosidad existencial de los humanos. Y cuando huyó empezó a cuestionarse porqué le dolía ahora todo el cuerpo, porqué no le habían dado tiempo para sentir. Pensó: ¿Quién nos enseñó que no podíamos aspirar más que a breves ratos de felicidad entre tantos sudores? ¿Quién nos puso límites a nuestro poder de procurarnos la satisfacción hoy y no mañana? Y en ese momento una densa niebla morada rodeó al muchacho y de la nada apareció un hombre tocando un solo de guitarra que le atravesó el cuerpo con vibraciones agudas de emoción. Cantaba algo así como ‘Baby, cruza tu infierno que te traigo cielo’, y encadenando arpegios con arpegios le liberó el alma de su trascendencia. Y el muchacho comenzó a saltar disfrutando del ritmo que invadió su cuerpo. Luego, como guitarras acopladas, rasgaron todo los controles y recuperaron el tiempo para soñar y saltar como cohetes impulsados por la locura. Y el hombre le dijo: ‘Baby, se olvidaron de nuestra infinita vibración, se olvidaron de que sabemos que nos conviene bailar al ritmo de nuestro corazón’.






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