5/8/09

El diván del poeta


El azar es inteligente, estaba escribiendo una cosa que me gustaba y, al rascarme un picor agudo en la coronilla mi mano tamborileó en el teclado, las palabras desaparecieron. Es una putada pero lo acepto pues de qué sirve cabrearse. Son palabras que han pasado al olvido en unos segundos, no tendrían importancia en realidad. Aunque me desconcierta que no recuerde de qué hablaba ya recuerdo sobre quién. Escribir sobre el amor, sacar palabras de dentro, vivir en alma entregado a la memoria pues ya lo que queda del amor no tiene nada que ver con mi presente;, aunque para qué engañarse, yo soy la búsqueda del amor en sí mismo, esa inquietud existirá mientras que exista este envoltorio de carne y huesos. Estas frases las he recuperado de la memoria, que parece que me flaquea. En ese tono iba pero me cuesta concentrarme… ah sí, estaba escribiendo cuando tuve la visión de un individuo tumbado en un diván dentro el ambiente dorado de una lamparita. Lo vi temblar pero no supe si estaba llorando o hablando con el aire viciado porque la escasa luminosidad era humosa. Viejos bigotes albinos ascendían suavemente rodeando su figura cansada creando una atmósfera de nubes tóxicas pero con agradable olor a sándalo. La fuente es la pipa de agua que consume su corazón nervioso. Cabalga el caballero herido sobre un diván de terciopelo rojo y, aunque parece tranquilo, la intensidad de sus pensamientos produce que el sudor le brote perlado. Busca revivir sus pasiones para que no mueran y ésa es una gran hazaña. Sobre esto me devanaba los sesos, entre calada y calada, con una claridad mental que era divina porque parecía como si estuviera sintiendo de nuevo la intensidad del amor en su corazón, cuando de pronto un dedo tonto mío pulsó la tecla de la destrucción. ¡Horror, cómo dejarlo así! Tuve que esforzarme en reconstruir la ciudad victoriana que había ‘visitado’ en la anterior expedición y encontrar en la oscuridad de la noche un tugurio escondido en el último rincón entre cientos de callejones parecidos. Ah si, ahí está. La cueva donde se ha exiliado es un sótano mal iluminado donde se refugian los poetas malditos. Tras bajar unas viejas escaleras crujientes se llega a un guardarropa que esconde un bar ilegal con toda clase de licores para nublar la poca razón que queda cuando se llega allí. Y después está la sala de los poetas moribundos. Cada diván está separado por unos tenues velos. Las sombras chinescas que se traslucen en el tejido parecen levitar. Manos que se contorsionan, figuras que dejan de parecer humanas, sombras de líquido oscuro que se evaporan, que se deslizan en un naufragio de mar dorado, de donde emergen formas extrañas que se diría que parecen diabólicas sino fuera por los cantos alternos de risas, suspiros y toses. Se supone que se debaten en un éxtasis creativo pues han decidido exiliarse en un reino onírico, del que ahora son adictos, para producir sueños y cantos de alabanza al amor. Podrían sentirse plácidamente felices en su retiro mas no hay que mirar al detalle para apreciar que tal abandono en los brazos de un paraíso imaginario, de gran poder hipnótico, esconde humanos marginados por el delirio de su intelecto, genios abandonados de ojeras y rostros livianos que no podrían ya vivir en sociedad. Siguen los genios escribiendo, escondiendo su soledad, consumiéndose en placeres programados en secreto. Pero el diván del poeta loco está vacío…
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