
Echo de menos lo poderoso que me sentía cuando era un mocoso, mucho antes de haber cruzado la frontera de la inocencia. Entonces lo único que podía preocuparme es la extrañeza que me embargaba al mirarme los pies en la cama, cuando comprobaba que aquellos deditos que se movían los sentía como míos. Unos pies que siguieron siendo blancos y delicados en la adolescencia, cosa que no hablaba exactamente de lo viril que me sentía. Al acostarme la detenida observación de mis pinreles (siempre dos, no veía el momento de hacer nudos con los pies de otra persona) me transmitía profecías de recalcitrante individualidad, soledad prometida que borraba con un gesto del pensamiento, levantándome, cogiendo las llaves y saliendo a la calle a buscar el refugio de tres o cuatro personas juntas y me ponía en medio para sentir calorcito. Tras varios meneos de la vida volví al redil de las habitaciones solitarias y… a mirarme los pies. Después de haberme llevado a varios lugares imaginarios comprendí que eran reales pues respiraba profundamente y escuchaba como pasaba la sangre por esos conductos por el que apenas se deslizan las palabras. Llegué a mirar, lleno de orgullo, la firme base de mis columnas, los sólidos pies de un atleta...
El escondite era nada menos que un espacio libre de presiones aunque llegasen los sonidos, como un eco lejano, de aquellos chicos que dejé afuera, podía sentirlos. Gritos y risas desde la plazoleta hasta mi cama, podía oír a los chicos del barrio cómo perseguían estimularse con sus motos sin escape y otras sustancias opíaceas. Yo estuve allí, me metí entre ellos después de salir del embrujo de la adolescencia, sólo eran niños convertidos en zombies por aquella mirada turbia. Chavales inberbes que jugaban a ser ladrones-piratas, con brazos llenos de dibujos y anillos de oro en los dedos. Manos de aprendices que sostenían navajas de adulto, que deseaban los bolsos de las vecinas para pegarse una noche de sábado alucinando. Estuve allí porque tenía que verlo, el tiempo suficiente para saber que nada había de diferente en aquellos chicos. Pero la madurez me arrastró a mi habitación que es donde me siento seguro, escondido en mi reino del lado bueno de la fuerza y descubriendo que tomo precauciones para no seguir escribiendo sobre ellos aunque los tenga a dos manzanas. Total, puedo crecer hacia dentro. Mientras muevo los deditos de mis pies miro por la ventana a la gente de mi generación, que son todos padres retirados de cualquier aventura…
Imagen: Escultura de Buda. Real Academia del Arte de Londres