19/10/09

Me sentaría en la luna para volver a ver tu estrella


El amor con que vivíamos nuestra amistad siempre nos sentaba tan bien, nos tensaba las cuerdas vocales, nos levantaba el rictus de la cara, nos dibujaba una sonrisa, nos elevaba unos centímetros por encima de nuestra piel. Cantamos canciones sobre él, le escribí poemas y cuentos… pero cuidado, era algo más que tener hijos y formar una familia, era más, sin duda, que el sexo porque era una filosofía de conceptos que no podíamos manejar ni comprender… cada uno estábamos servidos y conformes con quien nos había tocado. Si lo hubiéramos analizado podríamos habernos dado de narices con la realidad y quizá hubiéramos adivinado que no era posible, podríamos haber descubierto que era un mito o una utopía. Así estábamos, que pasábamos de temblar a causa de él a no creer en su existencia. ¿Qué pasó, era algo que iba más allá de nuestra fe? ¿Cómo podía ser que la mejor historia de amor fuese la que no fue o la que nunca podría ser? Abuso de su recuerdo cuando cada vez estoy más por comprarme un telescopio y observar esos planetas nuevos que dicen que han divisado en la lejanía. Torciendo a la derecha está el Cielo, quizás allí pueda descubrir de nuevo su silueta. Me sentaría en la luna para ver de cerca a la estrella a la que le puse su nombre, como aquel astronauta que se sentó a contemplar el sol en la luna solitaria mientras sonaba un rock and roll. Así me veo, esperando eternamente mientras que el amor sea esta medida. Hablábamos de la transmutación del alma en oro, combinando los pensamientos para descubrir el fluir de la conciencia, pero prefiero la alquimia para recuperar el elixir de tan magno sentimiento. Pues bien, después de varios experimentos descubrí que el amor se podía condensar en un año de abrazos diarios y una sonrisa dulce de despedida, nada más. Aguantábamos un trabajo duro compartiendo cigarrillos y dándonos el abrazo del oso diariamente. Le compré unas zapatillas de andar por casa y sentí su felicidad. Y un buen día me sonrió dulcemente al despedirnos hasta mañana, leí en sus ojos…”bésame”, su sonrisa lo decía, leí en mi cabeza tímida “quiero besar”, todo era perfecto pero no lo hice por corte. Al día siguiente murió, su cuerpo fue encontrado en el cuarto de baño, sin vida, pero me legó el amor más puro y perfecto que he conocido hasta ahora…
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