13/10/09

¡Vuelve!


Viajé a Roma como último recurso para aprender del sabio más grande de todos los tiempos pues quería poder y él... me enseñó a amar. Allí las piedras de un pasado glorioso me revitalizaron, pero cuando erigió un Coliseo que me rodeaba me quedé sin habla. Desde que César me relató la vida singular de la dinastía más poderosa del mundo no he podido quitarme de la cabeza la debilidad de mi Imperio. La soledad era la misma cuando leía, cuando escribía mi diario, cuando cruzaba el Rubicón a lomos de su caballo para civilizar a los salvajes. Pero realizados los sueños de poder, cuando sólo nos bastaba un triclinio para ser felices, le abordaron cruelmente y le rasgaron la espalda con una daga. No pude ver quién. Muerto el rey, la nobleza envilecida por la corrupción, sólo pude echar a andar por un camino de tierra amarga para refugiarme en la cabaña del tío Jack en la montaña. Me recibió con los brazos abiertos, viajero solitario ya retirado. Nos levantábamos cada día con el sólo objetivo de pasear y contemplar el riachuelo. Me enseñó a hacer poesías en prosa que emulaban el sonido del agua lavando las piedras, el azote de las olas en la siseante arena. ¡Kebloshhhhhhh! Éramos pequeños, amigo, el mar nos lo decía. Él había bebido durante sus viajes tanto vino caliente con especias que, en la abstinencia, veía monstruos que sólo conseguíamos destruir con el canto y el arpa de fuego… Muerto el rey, murió la fe en la vida. Pero me dejó en herencia el olor de la humedad en el campo, me dejó el amor por el rocío de los pétalos de las flores. Y a pesar de que era un urbanita consumado este olor despertó mi deseo de construir una tumba con helechos y madreselvas. La sagrada montaña, la sagrada cabaña junto al riachuelo. Seguiré aquí con tu recuerdo pues necesito de este caldeado refugio, me basta un sendero y un riachuelo porque me enseñaste a construir edificios de palabras sólo contemplando. Entonces anoté los latidos de mi corazón, me olvidé con el sonido de la naturaleza de mis aspiraciones imposibles, como un ermitaño me olvidé de lo importante que quise ser. Aprendí a dar las gracias a cada amanecer, a cada día sin delirio. Conseguí la paz hasta que un buen día una figura apareció en la cima de la loma y me dijo...¡Vuelve!

Fotografía de José Miguel Martínez
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