22/12/09

Moonlight


La luna apareció perfectamente redonda aquella noche, flotando con una tranquilidad majestuosa, y deseamos habitarla. No habría hogar más bello ni más solitario, satélite muerto que nos haría disfrutar de la locura. Nos hicimos lunáticos desde aquella noche, un amor selenita nos bañó pintando de plateado los perfiles de la piel desnuda. Interpretamos movimientos lentos y pausados, nos contoneábamos a gravedad cero, intensamente profundos los vaivenes. Todo era un sí, todo tan brillantemente presente. Rudamente apasionados firmamos un pacto de sangre en un delicado pergamino, sellamos un vínculo con trazos finos y delicados dibujando dos nuevos rostros de luz de luna en la oscuridad, deformadamente bellos por el placer. Al gritar de alegría subieron los decibelios en el puro silencio de la noche, nuestras risas chocaban contra el cañón de la montaña. Entre negros y grises las rocas quisieron alzarse para refugiarnos formando la cúpula vaticana a nuestro alrededor. Riscos ascendentes adquiriendo la dimensión divina y abajo, tan pequeño, el amor encarnado en el roce humano, carne tibia anaranjada frente al frío gris veteado de albosos destellos, luz de luna para unos lobos salvajes que daban dentelladas a la vida presente ¿Para qué, para qué queríamos medirnos si estábamos alcanzando aquellas latitudes? Aquella noche sólo había dos estrellas bajo el cielo raso, tú y yo. Pero ante el magnífico y deslumbrante satélite muerto cómo no podíamos sentirnos llenos de gozosa actitud, interpretando aquella coreografía de lunáticos salvajes, adoradores de las fuerzas primigenias de la historia humana. Cogiste una manta y en tu desnudez iniciaste una danza que levantaba el polvo del terreno, miles de partículas plateadas flotaban en suspensión, el rayo de luna las atravesaba, seguía la estela tus giros como si fuera anillos de un planeta. Era tan bella la imagen bailando la Gran Polonesa, dando saltitos aquí y allá, levantando corrientes que me ponían los vellos de punta, respirar tanta belleza por los ojos me erizaba la piel. Me levanté y seguí tu locura, parecíamos dos demonios desnudos en medio del campo o dos ángeles que, bajo el hechizo de flujo lunático, hubieran decidido quitarse las alas por un momento para saborear una tierna noche lunar. No eran precisamente los pensamientos los que corrían libres pues entramos en una suerte de estado de hipnosis que nos dejó la mente como mar en calma y así era propicio sentirnos. Propicias eran las vibraciones del alma y que toda la sangre nos subiera hirviendo, todo como esa roca que nos apuntaba, todo bien alto como el aleteo plateado de dos ángeles que vuelven a volar una vez que se han emborrachado de paraíso terrenal. Formábamos integridad con el suelo hasta que despertamos y nos dimos cuenta que estábamos revolcándonos desnudos creyendo que la tierra era un mar plateado. El polvo levitando, los sonidos de la noche más irracional, brazos y piernas agitándose como luciérnagas mareadas, decidimos serenarnos. Fuimos animales puros y nos quedamos exhaustos, tristes por tener que volver a la realidad, Ah pero el camino estaba allí, otra vez materializado, y había que seguir avanzando…
Publicar un comentario