14/12/09

Venciendo resistencias


Te dejé que durmieses, con la preocupación de que estuvieses viajando a tu bola me fui a dar un paseo por el campo. Seguí un sendero con precaución, no podía alejarme mucho en terreno desconocido porque un temor difuso a no saber volver tiraba de mis piernas. Entonces suspiré, se me abrieron los pulmones, las venas, los ojos y el corazón. Y sentí por primera vez el fulgor rojo dorado del sol abatiéndose sobre la superficie de la tierra, en un horizonte que se mostraba en toda su plenitud, tan pocos obstáculos había que podía apreciar la curvatura del planeta. La visión se perdía en la lejanía, todo parecía infinito, no estaba acostumbrado a abarcar con libertad miles de millas sin paredes, podía extender los brazos y prolongarlos en el cielo todo lo que la imaginación podía. Chillé con todas mis fuerzas hasta descargar toda la furia contenida de decenas de años y el aire me devolvió mi voz como si hubiera rebotado en las nubes bajas de bronce. No existía camino allí, el sendero había desaparecido, sólo había desperdigados matorrales aquí y allá. Empecé a correr en todas las direcciones, sin límite de paredes, me paré a escudriñar entre las ramas de la pobre vegetación y siguiendo una hilera de hormigas gigantes, ssss, una serpiente de cascabel frenó en seco mi osadía. Nos miramos fijamente y el aterrador reptil me venció pues tuve que retirarme con el corazón en un puño. Aunque me volví para responderle con un corte de manga corrí para volver a cruzar el límite de la carretera y, como una exhalación, entré en la habitación y me abracé en tu refugio y el cobijo tembloroso terminó venciendo tus resistencias. Como una serpiente me enrosqué en tu cuerpo atándote en la cama para morderte sin piedad. El rumor de la televisión me devolvió al mundo conocido y escuchando lo que me había pasado te enterneciste y con una sincera carcajada te burlaste de mi fobia de urbanita. Acababa de adentrarme en la naturaleza salvaje y todo de sopetón era demasiado. Acordamos que la próxima noche íbamos a dormir en el coche, recogeríamos el techo para sentirnos libres bajo el manto de estrellas, rodeados de ruidos de los animales nocturnos. Sólo pasando esa prueba me daría cuenta de que nada me comería pues en la naturaleza salvaje el hombre está en la cima de la pirámide. Grillos, coyotes, pumas, serpientes y ratas nos avisarían de su acecho pero serían incapaces de atacarnos porque estaríamos subidos en un ingenio mecánico y los animales con sus ojillos serían vencidos por un rojo y frío acero metalizado...
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