9/12/09

Nos fundimos en un motel de carretera


Lo que si sé es que siempre iré unido a este pensamiento analítico hasta que la muerte me separe el alma del cuerpo. Por eso miro tanto las flores, los insectos, los pájaros, la tierra, por intentar que un mundo de sensaciones erosione los pensamientos más rocosos, por aflorar los sentidos maleables para disfrutar de los instantes fugaces del presente. Lo de las emociones residentes en el alma iba a ser tarea de modularlas en el viaje. Con una presencia continua de otras personas, que transmitirían sentimientos incontrolados e inesperados hacia mí, iba a ser fácil que el hábito de la resistencia no dejara que las influencias benefactoras operaran el cambio urgente que necesitaba, pero las cosas profundas poco a poco... Y las gotas de rocío y el relente de la noche, el sofocante calor de cuando nos acompañe el sol en vertical sobre nuestras cabezas protegidas por unos gorros de vaquero que nos compramos entre risitas, lo más idóneo para un viaje por el medio Oeste, nos iban a ayudar a que le abriésemos los brazos al mundo. Algún día recibiríamos con una sonrisa las emociones inesperadas de las personas que nos íbamos a encontrar por el camino, más sordas quizás a nuestro radar porque la conexión con los desconocidos pasa por un filtro muy fino que no deja adivinar más que indicios, tan cerrados estábamos ante los extraños. Sería cuestión de la interpretación de los gestos, como esa ceja enarcada con la que nos recibe el recepcionista del motel que iba a resguardarnos de una gran tormenta que se nos había echado encima. De las de rayos y truenos y cielo negro. Nos dijo aquel hombre extraño, desarrapado, que vestía camiseta blanca sucia y pantalones negros como el betún, que un huracán se aproximaba a la costa y que iba a ser cosa de un par de días que mejorase el tiempo. Bien, pensamos, será cuestión de comprar una par de botellas de alcohol y ulular a salvo dentro de una habitación cochambrosa, imitando al llanto de los lobos salvajes. Tu eras quien tiraba de mí y parecías no tener miedo pero yo pensaba que íbamos a salir volando dentro de un tifón, pero lo pensaba con complacencia pues aceptaba cualquier destino que me deparase el viaje siempre que estuviese acompañado y sintiéndome tan protegido en tus brazos. Tendríamos tiempo de escribir, de hacer el amor salvajemente para no oír los ruidos inquietantes del exterior y de la habitación contigua, de la que sólo nos llegaba televisión y jadeos de profunda resonancia. ‘Qué extraños vecinos’ pensamos, hasta que no nos dimos cuenta que nos comportábamos igual, pues tuvimos que dejar encendido el televisor al ver que retransmitían en directo el gran espectáculo de un huracán inundando calles, la furia de la naturaleza que barría las ciudades costeras, y nos abrazamos tanto para disimular que estábamos tiritando de miedo que terminamos fundiéndonos. Y aunque la noche protestaba atronadora todo el motel dejaba escapar por sus rendijas un coro de suspiros…
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