25/8/12

El ataque de la ola de calor africana

Queriendo, queriendo siempre, encenderse, dejar que esos fotones de furia salgan despedidos más allá de su caja repleta de huesos doloridos, vísceras inquientas y sólidas preocupaciones. Sin embargo, con cordialidad, desprende un noble desánimo al moverse apagado por la moderación de la cordura. Vagar, divagar, viajar, coger un autobús en un polígono y bajarse en el cielo, tomarse los minutos que pasan como oro divino, recorrer ese camino hacia alguien, cumplir con las exigencias del Romeo fornicador. Sigue desliando la madeja pero con paciencia, con mucha paciencia, elevándose y hundiéndose en las nubosidades variables del desánimo cuando con aquellos rayos de sol, con aquella locura de someterse a cuarenta y cinco grados de temperatura en un polígono desolado, es casi imposible de dar cien pasos seguidos para dar con un verjel. Todo el ataque de la ola de calor africana que se afana en el Valle del Guadalquivir por dejar a la peña como zombies ha desolado la calle. Su corriente anímica, al menos, es variable y acaba de naufragar en un remanso de paz. Sabe que volverán las aguas bravas pero ya se ocupará de quedarse en la superficie. Nota ahora las burbujas que ascienden jugando sobre la piel sensible, colectivo de caricias que se aúnan para dibujarle una sonrisa melancólica. Se siente satisfecho porque ha conseguido disfrutar del tiempo sin hacer nada fuera de lo común, después de que aquella explosión de planes especiales para la evasión le zarandeara en varias direcciones. Y en la tesitud de ver que las ideas se fríen al calor prefiere quedarse manso en un banco a la sombra de un árbol protector. Pero no lo ha vivido como una cadena de claudicaciones como ha ocurrido en otras ocasiones, no, ha disfrutado del tiempo como una especie de Rodríguez de sí mismo y por eso quedaría exiliado si pudiera zafarse de tanta expectativa...

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