1/8/12

Fugaces destellos

La coherencia de una idea parida y crecidita de que persigue una estabilidad y una seguridad en la vida le acompaña como remedio al vacío que siente por su soledad. Como pueden sentirse muchas otras personas en realidad, nada anormal pero si insuficiente para cualquiera. Si por lo menos tanta reflexión le sirviera para formarse un discurso entre toda la maraña de asuntos mentales que le brotan cuando se dispone a organizarse el día, pero todo el plan se termina ordenando para destilar el dramatismo de la rutina. Al menos el deseo habrá roto, sin duda, la malla que nubla su mente en el comienzo de una jornada calurosa. Queriendo destrozar el programa habrá sopesado la cantidad de idioteces que tendrá que sortear si se empeña en descontrolarse un poco, como ésta que le detiene en el plan de una escapada fugaz y le encierra en la indecisión, separándole del camino de la libre expresión. Como siempre quiere unidad pero se conformará enterrando su cabeza entre dos piernas, ya lo ha dicho, buscando el apoyo de la solidez de una piel curtida, abrazando la decisión con la que actúan los salvajes, el mareo reconfortante de la excitación que sentirá al reconocer lugares abandonados de su cuerpo…

Finalmente dio un paso perdido, se dejó llevar y aunque pudo disfrutar al recordarlo otra vez está con la mirada perdida porque comprueba que, como fugaces destellos, una vez más pasaron al archivo de los breves instantes de abandono y no se escribirán gestas en los anales memorables de su historia. Pero en honor a la verdad en algunos momentos se descubrió gozando cuando creía que ya era un vicio la preocupación por la satisfacción del prójimo antes que cualquier otra consideración. “Debe ser esto lo de vivir el momento. Ya no me acordaba lo que era rendirme, explotar y salirme del carril, sacar los pies del tiesto. Y así he llegado a esto”.

Creía, confiado, que esta vez todo se diluiría con naturalidad, y así se abriría una nueva tendencia, una promesa del camino de la liberación, pero empieza a resignarse cuando se descubre lidiando con cierto arrepentimiento. Y toda solución que se le ocurre es la reclusión sanadora en una celda, la alianza con el tiempo acordando aplazamientos, el pacto con la memoria construyendo nuevos compartimentos para almacenar próximas recompensas del deseo. Como consuelo confía en esa facultad que tiene de renovar ilusiones en ese limbo en el que se recluye. Como no quiere volver a una total desconexión se pone a trabajar a destajo en una nueva mañana de reflexión, y moderando las direcciones que nacen de los impulsos terminará concluyendo que no será la última vez que improvise pues no se le ha agotado el deseo de entregarse. Nuevos bríos le traerán cualquier aventura inesperada, sabe que volverá a elevarse sobre la ansiedad para gastar otro cerillo, fugaz esplendor de posibilidad, aunque la cajetilla se vaya vaciando…
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