11/5/16

VENCIMOS A LA LLUVIA

En los brotes de primavera, radiante o melancólica, te he buscado a través de la luz cegadora y de las sombras. No queriendo conformarme con el desánimo de una tarde nublada te propuse un paseo para decirte que me gustabas, pero antes de abrir la boca me abrazaste cuando sentimos caer las flores ‘paraíso’ de los árboles sobre nuestras cabezas; preludio de una tormenta que crecía empujándonos con viento y lluvia de vuelta a casa. En el horizonte tronaban nubes grises pero nos plantamos, y abrazados recibimos un chaparrón frío que nos empapó en unos segundos y tú no podías parar de reír. A veces me dejabas alucinado con tu inocencia que, de repente, demostraba la bondad de tus sentimientos más allá de las palabras. Tanta ternura al agarrarme con fuerza para mantenernos en calor desinfló cualquier preocupación por lo que estaba sintiendo, en mi mundo estos pequeños baches eran como un poema melancólico. Y, bueno, bastó con acariciarte el rostro y mirarte a los ojos para comprobar tu alegría sincera. Tu sonrisa me confirmó que no necesitaba más pruebas para saber que me deseabas. No sé por qué había dudado cuando, en tantos días de lluvia, no habíamos perdido la oportunidad de coger la puerta y salir a la calle para compartir un brinco que nos sacudía el alma o una emoción efervescente. Como en este paseo en el que milagrosamente hemos vencido a la tormenta abrazados y la hemos transformado en un atardecer de nubes pintadas de naranja. Y rodeados de aquella maravilla de luz abriéndose camino nos damos cuenta de cómo nos estremecemos de ilusión cuando estamos juntos. Ya no sentimos frío ni sentimos la ropa empapada sino una humedad tibia y dorada que nos excita. Nos hacía falta más calle pero no de fiestas o verbenas sino de pasos, de suspiros, de roces, de rincones plagados de besos.





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