14/3/10

Bocados de realidad


Un pedazo de cielo sobre la cabeza, ausencia de nubes y aunque el sol no queme por lo menos se puede sentir como el brillito dorado se ha posado en la cara dejando un leve gusto pasajero, después incluso algunos relieves del rostro, quizá lo que sobresale como la punta de la nariz, quedan levemente rosados. El sol despierta la vitamina C pero también las ganas de emprender, comenzar, renovarse, por lo menos pasar más tiempo en la calle. Ahora se entiende a los suecos, habiendo vivido meses de medianía de luz, de encapotamientos, de días de récords en litros por metro cúbico, no es de extrañar que tengan tanta imaginación para la novela negra. Por mi parte, en lo que he escrito no ha habido lugar para los asesinatos atroces aunque sí para alguna serie de desencuentros.

Podría contar que me he pasado el diluvio universal cogido de la mano de alguna secreta beldad, acurrucado junto a la tibia epidermis de alguien, midiendo calentones para hacer el sobre o traspasar tatuajes cuando algo se desborda a la par. Pero fuera de visitas esporádicas a domicilios foráneos lo cierto es que intimidad, lo que se dice intimidad, sólo la ha habido en la ficción, entre dos personajes creados para la ocasión. Eso sí, los he visto como dos almas intermitentes, es extraño. Sólo me han hecho saber de ellos en los momentos de película, en momentazos que se han montado para jugar desnudos, cabrones, como para darme envidia. Pero en aquellos otros en los que simplemente querían descansar, dormitar en el sofá, cuando se contaban chistes malos o argumentos de libros suecos para no escuchar las noticias de crisis, guerras y temblores, ésos me los han hurtado. Como no me llevan una vida pública de reuniones en pubs, tabernas y discotecas tampoco me han enseñado lo que comenta la gente, esa corriente de roces públicos que nunca son fulanito o menganito en particular sino que es algo más difuminado: todas las personas que no son grupo o individuo que suenan como un runrún entre risitas y voces confusas. Bueno, es un ambiente retomable, casi no se pierde nada sino fuera porque hay ‘gente’ que anda con las puertas abiertas a sus tesoros íntimos, sino fuera porque quedan personas con radares activos sensibles a algo nuevo, con perspectiva de estabilidad o con anhelos de cierta dependencia sana y cooperante.

Podría contar con detalles las ocasiones en que me he trasladado a islas verdaderas, en las que tocado la tierra piel con piel a la luz de las velas o de los reflejos de los pantallazos de la TDT, pero esos suspiros se quedan para mi discreción, aunque diría que me han cubierto de gloria regalándome trozos de intimidad privada, que han mantenido vivos mis sensores físicos en una melodía de juegos seductores, de fogonazos erótico festivos. Suspiros, algunos intercambios de ideas y de mutuo interés, brillos intermitentes de personas que no me han dejado de lado porque me han transmitido bocados de realidad…

7/3/10

Cambio de roles


Le ató las manos, el frío roce le sorprendió de tal manera que cambió su inocente semblante por una expresión de interrogación. En una situación como aquella no podía haber esperado tan brusco movimiento, elevándole los brazos hacia atrás para fijarlos en unos complicados nudos. Quedaba así indefenso y paralizado por el miedo a lo desconocido. Nunca hubiera imaginado que ofrecería tan poca resistencia a quedar a merced de alguien, tan prudente como era, tan cuidadoso de protegerse de las rápidas incursiones de otras manos. Manos que fueron invadiendo su atmósfera vital, posándose sobre su superficie desnuda, que reaccionó elevando cada poro de piel, convirtiéndolo en una dulce gallina.

Estaba acostumbrado a tomar la iniciativa, a modular su voz de grave seductor para hechizar mientras se acercaba con un gallardo movimiento hacia la intimidad víctima de sus deseos. Sin embargo, de golpe se veía forzado a dejar atrás, como alas plegadas, los nervios que marcan la frontera de los tres centímetros peligrosos entre dos personas. De un plumazo olvidó los estándares, los prejuicios, los papeles rígidos. Era un novato pero era lo suficientemente curioso para aceptar ese progreso respetuoso. De pronto tomó un látigo de cuero y dijo ‘ahora te vas a enterar’, dejándolo con una cara de póquer que no tardó en reblandecerse al comprender que todo era un juego oscuro de placer, que no había furia sino leves marcas y un terrible cosquilleo en el centro de su ser.

Y le mordió el cuello y anuló cualquier separación apretándole las nalgas contra sí, casi traspasándolo, y al percatarse de que todavía podía mantener un movimiento independiente aceptó que mejor sería atarse con cuerdas para menearse ambos como una serpiente. Y le obligó a estar así durante horas mientras le hacía cosquillas con la lengua, lo besaba con violencia, le mordía con dulzura. Le derramó cera sobre su pecho para prolongar aquella llama interna. Se quedaron amarrados hasta que se acostumbraron sus pieles y siendo atacado en los puntos más débiles quiso dejar atrás todo tipo de ataduras, pero por unos instantes, sí, gozaría totalmente unido, vibrar juntos hasta que las glándulas salivares y las lacrimales manaran como fuentes purificadoras de tan tumultuosa simbiosis. Nunca podrían haberle dado mejor respuesta a tanta sobrevaloración del espíritu, quitar los paños de oro del ego congraciándose con caricias y latigazos certeros. Por fortuna en aquel espacio privado del sexo hicieron volar en pedazos los prejuicios y los roles…

28/2/10

Y aquella tarde nos desempolvamos los amperios


Eso fue lo más grande que podíamos hacer el uno por el otro, desempolvarnos y prolongar nuestro amor en el movimiento, no permitir que el sentimiento se estancara como agua embalsada que se vuelve verde oscura, no dejar que la atmósfera se enrareciera, teníamos que abrir las compuertas para que el aire y las ideas se fueran renovando. Fue como una bobina que se calienta cuando las vueltas provocan fricción, tanta como para hacer chispa, como para provocar fuego. Y fueron los sentimientos elevados los que provocaron desmayos, la gloria del éxtasis la que divisamos por fin después de tanto anhelo. En unos minutos engendramos la renovación cuando nos zarandeamos haciéndonos vibrar todos los músculos, provocando riadas de sudor que se deslizaton por la pendiente de nuestras columnas. Brillando las esferas perfectas de tu cuerpo que se ofrecía a mí arqueado, me dejaste entrar por un breve plazo de tiempo despertando dentro de ti una oleada de perfumes químicos, que barrió la superficie esponjosa limpiando tu karma de pelusas, ésas que se acumulan por una exposición continuada a la rutina gris. Sacudí las mías con una sonora vibración, había estado demasiado tiempo recibiendo cenizas del cielo por la silenciosa quietud del paso del tiempo. Y tras un breve instante de temor, de tensión, todo se relajó, se expandió la pureza de la carne seducida, reblandeciendo cada músculo, rejuveneciendo los rasgos de una cara que ahora podía contar que durante unos minutos había sido amada, planchada, seducida como la mejor. Tras esa explosión llegó la calma y pudieron volver a apreciarse joyas minúsculas como los caracolillos de tu pubis, tan aterradoramente atractivos. Y después poco importó que un viscoso río de saliva se mezclara, dulzón y amargo, con pelos y aromas de gel. La luz de la tarde en la habitación se había tornado dorada. Cien rayas se filtraban por una persiana incompleta. Los ojos veían menos, tardaban en acostumbrarse, pero veían mejor. Las campanillas del alma eran tocadas con cada roce. Había que seguir sintiendo con los miles de filamentos rugosos de la lengua, volar con alas de ángeles, qué mierda nos importaba el mundo en aquellos momentos si podíamos tocar las campanas en la penumbra. Líos de manos separando los pliegues para besar lo oculto y cantar el aleluyah. Me susurrabas al oído, sin pensar en nada ni en nadie, siempre así, presente sólo en roces fabricando amperios, apartando la luz azulada de la frialdad lejos de nosotros. Tan arrebatadoramente unidos y absortos en la faena hasta subir a lomos de esa otra cima que aceleraba el corazón nos dejamos caer en el ansia de la falta de respiración con un gemido de placer. Otra vez estábamos allí, dos seres abrazados, ya no uno. Entonces llegaron los cantos de los grillos, habíamos perdido la noción del tiempo, volvimos a escuchar la música de la radio y la voz de un locutor ubicándonos en tiempo y espacio…

21/2/10

Quisiéramos saber tocar nuestro piano


¿Cómo superar un bloqueo vital si no nos ponemos a movernos sin más? Suelen salir preguntas para intentar aclarar por qué llega uno a un punto en el que no hay manera de ponerse manos a la obra. El elevado nivel de exigencia puede que nos esté haciendo ver que tenemos heridas donde hay simples moratones. Si miramos queriendo encontrar daño probablemente veamos una fuga en la herida de nuestro costado o una pérdida de sangre en aquel otro punto, un poco más centrado quizá, donde localizamos el centro de las emociones. Si queremos dolor quizá lo encontremos en nuestro corazón o en aquel otro lugar donde reside el orgullo, herido por considerar que no se ha recibido lo que uno merece. Con objetividad, si ampliamos el mundo de heridas y las comparamos con otras pueden parecer poca cosa, aunque esto son baremos morales, consuelos pseudo religiosos, y al fin y al cabo residimos en nuestro hogar todos los días del año ¡Cielos, si nos ponemos a relativizar puede uno descubrir que, en realidad, nunca hemos recibido una puñalada certera a posta! Todo son quejas relativas, todo depende del nivel de exigencia ¿Pero quién alivia ahora nuestro bloqueo?¿Por dónde anda el suspiro que nos permite continuar, dónde la clave del misterio, qué hay que recordar para retomar la buena onda tranquila que nos refresca cuando menos la esperamos? Quisiéramos tener un botón que pulsar cuando los compromisos ahogan, cuando sentimos que no podemos dar la talla, cuando necesitamos estar en paz para amar al mundo o para amar a alguien exclusivamente. Tocar la tecla adecuada para emocionar, para hacer pensar, para reconducir odios y rencores. A lo mejor quisiéramos saber tocar nuestro piano, hacer música con nuestra personalidad, para bailar un lento cerradísimo con otro cuerpo o hacer mover el esqueleto de un grupo de amigos cuando les embarga la pesadumbre o el aburrimiento. Pero ¿Cómo queremos mover lo ánimos ajenos cuando no encontramos nuestro si bemol o nuestro do mayor? Quizás cerrando los ojos, escuchando la música que llega desde la caja torácica de otra persona, una voz melodiosa, un ritmo de palabras que te coloquen en la frescura optimista de un instante. Si erramos el rumbo anhelamos que nos pongan los pies en la tierra pero de buena manera porque detestamos aquellas notas ásperas que nos despiertan de golpe, quizá con la intención de provocar espasmos. No, nada que no sirva para salir de un bloqueo. Queremos esas notas que nos ponen a tono, do re mi fa sol, esas lindas voces que no nos engañan, pero que no nos engañan con dulzura. Y así la melodía no acabará porque se rompa una cuerda, porque andemos desafinados temporalmente, si no suena bien el piano cerraremos los ojos y escucharemos hasta que alguien nos de el correcto acorde...

13/2/10

La dulce manzana explota en mi interior


La maravilla sinuosa de la corriente energética del estado de ánimo, arriba y abajo, sin orden, sin periodos de conocida duración, el frío se alterna con el calor, la furia con el dolor, el pasado con el futuro aciago. Otra vez el tifón de sillones volando, hojas de lectura y escritura, mi inconformidad absoluta lo eleva todo con una fuerza desgarradora desde el núcleo hasta la epidermis. Hubiera bastado mantener el baile del robot bajo el foco, hacer el numerito para el regocijo del público, consumiera lo que se consumiera del depósito del alma. Y tenía que recurrir a darle patadas a las piedras para levantar polvo, golpear las paredes de cal con el puño, gritar durante cuatro cuartillas, masturbarme compulsivamente, todo para silenciar ese sordo ruido de la indestructible soledad del Hombre, quién lo dijo una vez, quien lo dijera lo maldigo pues llevo ese san benito desde entonces. Pensaba cosas de este calado sentado en la piscina de aquel tugurio, que se caía de verde moho y lascas de piel que se desprendían pero que por lo menos un oasis tenía para meter los pies. Y pensaba así con una copa en la mano tratando de salir de aquel bloqueo con discusiones contra mi propio ego, masticaba con fuerza y dolor de muelas los hielos del cocktail hasta que el sabor amargo de la sangre me devolvió a la realidad, me había mordido un labio. Empezaba a verlo claro ¿En qué club podrían aceptar a un lobo estepario? La desconfianza que sentía de mi propia sombra me hizo girarme para estropear tu sorpresa, venías hacia mí con una cesta de frutas frescas. Te sentaste a mi lado y sin decir una palabra hiciste un gesto mágico y me devolviste a la dulzura de la vida metiéndome una manzana en la boca. El pasado es confuso, ya no existe, se va difuminando. El futuro no existe, no tengo capacidad de predicción. Sólo me queda el placer de tu sonrisa al ver cómo el sabor de la dulce manzana explota en mi interior...

6/2/10

Acción revolucionaria contra la expansión del universo


Seguíamos mirando de reojo al mundo, con sus contradicciones, sus irrealidades, acometiéndonos de frente, presentándonos un muro infranqueable, unas reglas del juego duras, huracanes frente a suspiros de emoción apagada porque no sentíamos interés alguno en revindicarnos públicamente. No a través de las vías corrientes, sólo se nos ocurría ser revolucionarios, soldados de liberación de las vergonzosas presiones del mundo. Y en aquel momento lo que nos traíamos entre manos era mezclar nuestras piezas del puzzle para averiguar si podíamos formar un todo. Cogía mis palabras e intentaba escribir con el alma para revelarte cosas que te auparan aunque me salían composiciones de ánimos serpenteantes. La hora adecuada para sentir una especie de simbiosis era el crepúsculo, justamente cuando lo que debía de ser un día de esclavitud laboral para pagar la renta empezaba a apagarse y se fundían nuestros deseos íntimos porque llegaba el momento del recogimiento, llegaba el momento de inventarse una oración y cantar a la vida justo antes de adentrarnos en el mundo de los sueños. Aunque no estábamos en el camino del progreso material, de acumular beneficios, sufríamos como todos de ansiedad pero en nuestro caso era porque no podíamos participar en el juego comunitario, ya lo que veíamos era delirante, una carrera, una competición. Para muchos no contábamos, éramos unos desfavorecidos porque no teníamos deudas, hipotecas, sed de gasolina, y nuestra fuerza sólo brillaba alrededor de una mesa camilla, frente a un café o una copa, cuando intentábamos prender la mecha del espíritu colectivo de la raza humana. Éramos unos parias pero cuando caía la noche nos acurrucábamos en las escaleras, bajo el foco dorado en el que orbitaban los mosquitos y nos sentíamos mutuamente recogidos, protegidos por el cariño que empezábamos a profesarnos. Y desde allí observábamos cómo la gente volvía del trabajo apresuradamente para meter una pizza en el horno y poner los doloridos pies sobre la mesa. Pensándolo bien habíamos tenido todo el día libre, sin presiones para que fuésemos cada vez más productivos, sin horarios restringidos podíamos estirar el tiempo para cantar, hacer poesías, pensar en el sentido de la vida, pensándolo bien éramos unos afortunados. No éramos desagradecidos y cuando nos sentábamos en los escalones de la entrada del edificio para ver el nacimiento de las constelaciones dábamos las gracias al sol, a la placidez y comodidad de un día más sin conflictos ni penas. En nuestro propio mundo sí, un mundo quizá más breve, más ilusionado que la realidad pero con un tanto por ciento más de autonomía y dentro de ese círculo acogedor nos protegíamos, atrapados en una alegre filosofía de inconsciencia. Estar así era nuestro sanatorio del alma, nos sentíamos con la fuerza suficiente brillando en un microuniverso…

30/1/10

Nada cambia pero el corazón me brinca los jueves


Te veo pasar fugazmente entre la multitud de aquella calle comercial donde todos buscan su tesoro del día, gente que no necesita nada más que algo nuevo que les garantice una breve emoción. La que sentía al verte era mejor que cualquier complemento, que cualquier prenda nueva, que cualquier joyita que alimentase mi vanidad. Aparecías los jueves por la esquina de la calle, el escenario que veo todos los días y que parece no cambiar. Microscópicamente lo hace pues cambian las sombras según la hora, las rutas de los conocidos son de ida o vuelta, las hojas caen, otro día el viento convierte en banderas inhiestas las sábanas que las vecinas cuelgan al sol. Puede cambiar mi ánimo que me hace ver cada detalle brillante y nuevo, aunque sea el mismo escenario, o gris y tedioso, pero esos días me miro más a ver que funciona fuera de su lugar y me doy cuenta de que no lo puedo controlar todo. De todos los cambios imperceptibles, las horas, los minutos, treinta, treinta y uno de enero... ninguno es tan apasionante como aquél que se produce cuando cruzas delante de mi escaparate. Mis gestos se ralentizan, se me va el color, me llevo las manos a la boca, lleno de asombro. Como en un película muda reacciono apasionadamente sin moverme apenas del sitio, moverme no puedo pero me da un vuelco el corazón. No te conozco ni se si tendré agallas de conocerte pero tu figura regia me doblega cuando aparece brincando en ese escenario de cartón. Y como en una opereta dramática dejo lo que me traigo entre manos y espío con una sonrisa invisible tu danza, la forma en que se mueven tus ropas, las tiranteces que descubren otras formas saludables. Pasas cada jueves y ya es como si hubiese hecho mía tu grácil imagen. Puedo distinguir los matices de tu ánimo por tu vestimenta, negra hoy, una explosión de colores mañana, porque se que eres así de cambiante. Tu cuello es un regalo, cada palma de tu piel que no cubre una prenda. Tus orejas no pueden escuchar mi deseo insaciable pero inútil porque no puedo dejar lo que tengo entre manos para descubrirme y dar un salto frente a ti como un payaso, aterrizando con una postura graciosa que te haga reír los días que te veo triste. Noto tus alegrías cuando abres los pasos y cruzas mi existencia inmóvil con tus primaveras, tus veranos, tus inviernos, entonces es como si todo el entorno se detuviera y tu imagen se ralentizase. Imagino que tuerces un poco la cara y sonríes viéndome y un tam tam, una sinfonía heroica que sube por mi estómago me desestabiliza por completo y todo lo que tengo entre manos se me cae, pero no... me alivia comprobar que mueves la cara porque una mota de polvo se mete en tu ojo y la notas más que mi mirada y mi deseo, aunque crea que atraviesa el cristal del escaparate cada jueves, lo cual es un alivio y así puedo seguir funcionando como un reloj y alimentar mi cómoda rutina...