8/8/08

Un conjuro en el parque

Una noche que volvía de dar un garbeo con tres cervezas de más, apesadumbrado por no poder superar aquellas barreras psicológicas, me perdí sin rumbo echándole cojones a la cosa y por casualidad descubrí aquel parque oscuro, abandonado de la mano municipal, un lugar que parecía peligroso pero que tenía un toque increíblemente atractivo. Era como un espacio irreal, de aire romántico, recargado de frondosos arbustos sin arreglar entre los que se escondían unos bancos de piedra ya roídos por el moho. Enseguida elegí aquel lugar apartado de la calle para descansar de mis estrategias de seducción (un pitillo en aquel banco era como un oasis para mis nervios, un antídoto de quince minutos contra el bloqueo emocional) Y allí me sentaría muchos días para suspirar gracias al ambiente de recogimiento, sin asustarme de todas aquellas sombras peligrosas que se movían entre los arbustos. Los árboles enmarcaban un espacio libre de aglomeraciones, reposo del ritmo apresurado de la ciudad, recuerdo primigenio de aquel campo de pinares en el que se fraguaron mis fantasías. Había echado de menos un refugio así desde que el parquecito de mi barrio lo destruyeran por la especulación galopante. Total, ahora hay un bloque de edificios con carteles de pisos en venta, pisos vacios que no se venden. Y las hormigas y escarabajos tuvieron que mudarse de paraíso. De nuevo esa hilera de hormigas estaban aquí, bajo mis pies y las podía observar y era mejor que una medicina porque se me olvidaba todo. Lo utilizaría para potenciar mis pensamientos, un alto diario en el camino para reunir el valor que me hacía falta antes de sumergirme en uno de aquellos otros mundos tan atractivos que quería frecuentar.

Encerrado en la habitación sólo se podía dar vueltas sobre el trono de seguridad en el que me encontraba y, sin embargo, desde allí sentía que podían dejar volar mis fantasías sin límite. Como poco podía planear sin presión y seguro que, desde un lugar de apariencia tan tenebrosa, funcionarían mejor los hechizos, los conjuros, los deseos imposibles, los gritos de venganza... Podía pedirle cuentas a Sevilla. Con un baño nocturno de Luna en un escenario de brujas salía con las pilas recargadas, como un soberano poderoso que vendía su alma para ganar, por fin, la batalla contra el freno del deseo. Respirando fatal, el señor oscuro se levantaba henchido de fuerza...
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