17/2/16

SAMSARA

Atravesando una estepa blanca el viento helado y la nieve golpea mi cara, una poderosa idea y un fuego tibio en el corazón me animan a seguir avanzando. Sigo tu rastro  guiándome por las huellas que dejaron tus palabras en mis pensamientos. No hay piel de lobo que me proteja de morir congelado, ni protección más eficaz que tu aliento en los postreros días en los que brillaba el sol sobre toda la superficie de nuestros cuerpos, cuando con caricias y besos apagabas mi ardor guerrero. Desde entonces no me afeito ni me corto el cabello, desde entonces me escondo bajo pieles de animales salvajes y camino luchando contra la ventisca sin desfallecer, esperando volver a respirar el olor de tu piel. Apenas puedo ver, la bruma blanca se levanta con fuerza y todo es turbio. Apenas puedo levantar la mirada por la intensidad con que golpean los cristales deslumbrantes la parte de mi rostro que llevo al descubierto para orientarme, pero puedo escuchar y sobre el rumor de la tempestad blanca escucho un rugido aterrador. Oigo tu grito de alerta e intento esquivar el zarpazo de un enorme monstruo blanco que se abalanza sobre mí, que me hace rodar por el suelo tiñendo de rojo la nieve, dándome por muerto, pero tu voz me recuerda que llevo la daga del destino que me entregaste. Y cuando la fiera enseña sus dientes para devorarme un brillo afilado corta su garganta y el peso del animal muerto cae sobre mí. Grito emocionado tu nombre que me ha salvado, grito desesperado por volver a estrechar tu bello cuerpo y sacando fuerzas del corazón levanto a la bestia, me cobro su piel para cubrir mi herida y sigo caminando, porque en el delirio veo tu figura llamándome en cada textura que cobra vida entre la ventisca. No hay dolor que pueda detenerme, el frío mató a mi caballo y yo sólo soy un hombre pero sigo avanzando porque tiras de mis barbas con tu voz. No dejo de escucharte, no le dejo resquicio a la muerte en mis pensamientos, que sólo funcionan con tus palabras de aliento para que sobreviva. Por Júpiter que veo tu figura dibujada en el lomo de la superficie helada, me lanzo a abrazarte y caigo deslizándome en una caverna oculta. Y de pronto puedo respirar, mis oídos descansan del bronco zumbido de la tempestad, puedo sentir como decenas de cuchillos abandonan mi carne y de rodillas me reincorporo suspirando. El recuerdo de tu imagen ha trascendido en el fondo de la caverna y me tiende las manos para que me acerque. Allí me refugio en al abrazo sanador, en la salvación de tus besos y tus palabras que me animan a proseguir luchando para que alcance tu lecho en la bella ciudad de Samsara.


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