2/2/16

UN BLUES AZUL MELANCÓLICO

Iba caminando sintiéndome cansado de los días, desfalleciendo mi capacidad de soñar. La melancolía sobre mis hombros susurrándome al oído las delicias de los amores pasados y la melodía de un blues azul melancólico sonando en mi cabeza. Un blues que hablaba de alguien que sigue persiguiendo la estela del amor ideal, sin saber por qué, marcando mis pasos solemnes hacia una taciturna tarde. Sintiendo que me costaba soñar, temiendo que todas las lágrimas de emoción se hubieran secado en mis días brillantes. La vida acelerada corría delante de mí mientras que los amores se evaporaban a la vuelta de cada esquina. Y caminaba con un paso lento y solemne con la ayuda de la melodía de un blues en la mente, que me animaba a seguir avanzando en una atmósfera de callejuelas grises perladas por ventanas luminosas. Los nervios de encontrarte se habían evaporado, algún día los perdí cansado de que no aparecieses. Caminaba tranquilo mientras mi débil telepatía intentaba averiguar si me cruzaba con alguien que pudiera encajar en mi corazón. Caminaba sabiendo todos mis trucos y mis excusas, preguntándome quién podría desarmarlos y desenterrar mi lado romántico, quién podría volver a construir romances de contemplar crepúsculos y estrellas sucederse. Caminaba atareado deseando una parada en cualquiera de los veladores y una charla con un descafeinado delante, con mucho tiempo que perder tratando asuntos triviales para olvidarnos del ego. Deseaba, simplemente, sentarme en una plaza de adoquines dorados, las farolas de gas neón trasladándonos años atrás. Hablar del tiempo que pasamos haciendo miles de tonterías que no eran coincidir o viajar a un par de siglos atrás, imaginando a caballeros de capa y espada batiéndose por amores y desencuentros. Puede que mi sonrisa melancólica y la expresión de mis ojos cansados fuesen borradas del mapa por una caricia en la nuca, sentados en un velador, perdiendo el paso del ritmo sin pausa de la rutina. Caminaba atesorando el sueño de esa compañía que no quiere irse y que pasa de café a cerveza sin mirar el reloj. Deseaba que no pasara el tiempo contemplando la tranquilidad de aquella plaza y la belleza de unos ojos, de unas pestañas, de unos gestos que me animan a relajarme en la palma de la mano que me sostiene la cara. Una plaza dorada tan tranquila que un gato que pasa y que se enreda en nuestras piernas es una bendición, en la que el canto de los pájaros que apremian cobijo en el crepúsculo es una bendición y la brisa que desenreda nuestros pelos y enreda nuestros deseos se convierte en gloria.  


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