
No está claro que tantas formulaciones ayuden a resolver una incógnita ¿Qué incógnita? Pss, yo que sé. LA INCOGNITA en sí misma. Cuestionarse, analizar cualquier cambio emocional ¿Y ahora por qué me estoy sintiendo así? Te preguntas en cada viraje de los ánimos. Y ya te pones a darle a la maquinita de las construcciones mentales. Mientras haces conjeturas vas puliendo el asunto hasta que te sale una figurita perfecta, una idea que quieres manejar y que se adapta a tu kit de supervivencia… Y bla, bla, bla. Tanta palabrería para decir que te comes el coco. El lenguaje infantil es definitivo. Sin dramas, va a ser que empiezas a pensar demasiado las cosas. Otra persona tardaría menos tiempo en hacer la apreciación, por lo que parece mejor que te echen un vistazo de vez en cuando para que te hagan un juicio rápido. El autoanálisis se está convirtiendo en nuestro entretenimiento favorito, pero lo hacemos viciado porque el ego es triunfador y no desea darle demasiadas oportunidades al crítico. Por eso conviene no confiar excesivamente en la eficacia de los juicios propios. Hay que ver el debate que se puede llegar a mantener con uno mismo. En una conversación se acudiría al repertorio de los horóscopos. “La verdad es que los Géminis tenéis la fama que os merecéis, decís ‘Sí, si’ cuando en realidad es no”. La teoría de la conspiración suele convenir en que la parte ‘mala’ se esconde en el lado oscuro de la luna. Nuestra SECRETA personalidad. Sí, ésa que da la cara con el tiempo. Pero quien dice esto no reconoce que todos tenemos un lado oscuro, responde el abogado defensor. Lo que ocurre es que los solitarios solemos tener cálidos debates entre nuestras personalidades, a veces nos echamos una coca cola y nos fumamos unos cigarrillos mientras que arreglamos el mundo en el cálido fragor de una casa confortable. Tratamos de llegar a una postura común y se es muy correcto. Los desacuerdos se exponen con el más delicado de los tactos. Al fondo de la habitación hay un televisor encendido y cuando empiezan las noticias la voz de la alarma altera el debate sosegado. Y cuando miras a la pantalla te das cuenta de que el presentador se pone rojo y con los ojos como chino te echa la bronca al oído sin que te des cuenta. De pronto caes y dices ‘ey, ey, para’ y tu otro yo retoma las riendas del asunto. Ya te puedes sentir como un hombre equilibrado, que sólo estaba pensando un poquito sobre un tema, manejando los tiempos.
Así que nada, pasa otro día y continúa el debate. Buf, esta es toda la tranquilidad que aparentas. Tiene mérito. Está el tío tan tranquilo, ahí, viéndolas venir. Te intentas hacer a la idea de que cada uno de nosotros llevamos un run run rutinario, sí, lo normal de cuando un tema nos preocupa. Te preguntas si la gente con la que te cruzas durante el día anda también toreando asuntos, poniendo parches cuando las preocupaciones transpiran sin permiso entre nuestras actividades. Se recomienda aparentar normalidad por seguridad, pero a mi no me gusta la feria. Y a cambio me pongo a escribir sobre mi duda existencial al quedarme al margen del jolgorio. Eso de que no te vean dudar, chico, es una lección que no tenemos bien aprendida. La primera regla de la SEGURIDAD es la de no mostrar DUDA. Malo para ser un ganador, malo para los impulsos. Ese no es el ritmo, baby, de la civilización. Ésta no es forma de venderse entre tantos candidatos...