21/4/09

Domingo de Resurreción


Calle Fuencarral y Hortaleza. La mejor hora era la que pintaba de dorado las farolas el asfalto, escaparates y rostros expectantes en la antesala de la noche. Los más animados van corriendo para comprarse los últimos trapitos después de haber trabajado durante todo el día, dispuestos a abusar del cuerpo en las pocas horas de ocio que deja el ritmo laboral. Se veía a gente ‘permitiéndose cosas’ por vivir una película bonita como final a una jornada de estrés. Una cita, una cena por delante a la luz de las velas. Todo eso andaba por ahí pero aún eran historias ajenas pues las primeras noches eran noches de cervezas solitarias. Y después de esas cervezas en antros oscuros, la historia de un sueño prometido se escribía en una aureola de pensamientos emocionados durante el trayecto de vuelta a la pensión. Los operarios de limpieza se afanan con una manguera por dejarle la cara lavada al asfalto de Madrid, unos chinos ofrecen bocadillos grasientos que esconden en las papeleras de la calle. Las chicas de la noche me dicen guapo. Una vez en la pensión, los hechos te devuelven a la realidad pero todo eso es provisional y echas mano de la esperanza. Te acuestas y escuchas el negro silencio. Fuera en el pasillo un huésped que siempre silbaba ostentosamente al entrar deja de hacerlo cuando pasa por tu puerta. Eso es que te presiente, ha olido tu miedo latir a través de las paredes en la noche tranquila. Pero no es un miedo a los maleantes de la noche es miedo a un futuro desconocido. Vuelves a morder otro trozo de esperanza para dormir y mañana será el día, sí, que llegue por fin a la Gran Ciudad...

Recordando aquellos primeros momentos de adaptación cuando era un pavo me sentí extraño, me hizo pensar que entonces tenía el impulso que daba la fuerza de la esperanza, de los sueños, y ahora lo que tenía era que empezar de nuevo inmerso en un mar de dudas ¿Qué quedaba de aquella chispita que doblaba la energía? Pero de repente me di cuenta de que, con mi cervecita en la mano, mi cuerpo empezaba a moverse para encontrar un hueco más placentero. Volvía a arrimarme a la gente para recibir el sol en la cara. Y una fuerza de atracción desconocida me unió en un instante a un trozo de vida urbana. Y me dieron ganas de sonreír, el caso es que sentí sonrisa. Me envolvieron voces, risas espontáneas, cambios de humor, niños chillando y correteando, perros jugando con una botella de cocacola, reboleándose uno sobre otro, jugando a morderse las orejas. Y hubo un momento en que lo vi todo ahí, brillando real, donde siempre debería haber estado, como en una postal de un domingo soleado, de los que la gente estira el cuello para sentir los picores del sol relajantes. Los neumáticos de un camión, luchando por avanzar en una superficie pegajosa, rompen la ensoñación. El ritmo laboral comienza a barrer la lentitud de lo festivo aunque todavía no se ha ido la cera de la Semana Santa del asfalto. La piel de la burbuja es cada vez más débil. Bueno, bueno, esa es la sensación de un rato pequeñísimo de placer. Si se disfrutan de instantes como éste es que no vamos por mal camino...

(Ilustración Plaza del Salvador. Acuarela de José Ignacio Velasco)
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