12/4/09

La gran ciudad


Una inercia que se apagaba cuando dejé atrás los límites del terreno conocido, como el refresco de cola que burbujea al caerse la botella y que retrocede ante la resistencia del tapón, me hizo sospechar de que iba a ser más difícil de lo esperado llegar a aquellos lugares tan excitantes que había visitado con la imaginación. Pero mis ojos lo veían incrédulo, Castilla La Mancha, una inmensa planicie tranquilizadora tras pasar los nervios de las montañas fronterizas de Despeñaperros. Y para calmar aquella indescriptible sensación, que más tarde identifiqué como ilusión, empecé a detestar la seguridad y las rutinas tranquilas, porque las ganas de disfrutar de aquel ideal era lo que me había empujado como un dragón que intentó besarme el culo con sus escupitajos de fuego. Así que cuando me topé con las fronteras exteriores de la fantasía supe de buen grado lo que eran las expectativas al notar una sólida emoción, sentado en el autobús. La realidad demoledora alcanzó, pues, mi territorio personal. Los pocos espacios verdes que quedaban en las laderas de tan extensa carretera comenzaron a desaparecer a la par que los sueños de los paraísos idílicos. Todo se convirtió en carretera gris, camino hacia aquello desconocido que daba tanto morbo. Iba con la idea de tomar la ciudad y ésta me dió una bofetada pidiéndome respeto para las cosas grandes.

De todas las calles de aquella ciudad la que coroné como preferida era, sin duda, la Gran Vía, pero no por la belleza de sus edificios rotundos sino porque se convirtió en mi eje vital a fuerza de pasearla de arriba abajo. Era el lugar donde se dirigían mis pasos automáticamente cuando quería airear mis preocupaciones. Sus escaparates reflejaron muchas veces la expresión de un muchacho que sonreía solícito a un futuro lleno de oportunidades. Aunque ya mediando respeto porque todo aquello era... en fin, tenías que mirar las cornisas para darte cuenta de lo grande que era. Desde el deseo de estar disfrutando de unas de esas tardes en familia al reconocimiento del encanto que ejercía aquel paisaje plagado de aristas. Porque como ocurre con las cosas nuevas aquello brillaba cuando llegué, brillaba a pesar de la basura de los rincones, de los rateros escondidos en el patio de atrás, de las prostitutas cuarentonas agazapadas en los portales de las casas centenarias, de las fluctuaciones que se producían en las callejuelas secundarias cuando las sirenas de los coches de policía barrían el terreno, alterando más de un estado de nervios. Eran todos detalles turbios de una vía principal dorada, escaparate de Madrid por donde capitalinos y provincianos paseaban sus compras de festivos. Todo resquicio iba a recabar mi atención con el tiempo, porque mayor curiosidad ‘periodística’ me causaban los rincones ocultos que los escaparates del orgullo nacional…
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