18/5/09

De Feria en Feria


Las piernas pueden doler todo lo que quieran, pero interpretando paseos amenos el dolor se apaga. Hoy he cruzado el Barrio de Santa Cruz por la Plaza de las Cruces. Miré al cielo en la Plaza del Salvador porque no había nadie en los portales. Me di una vuelta por la Feria del Libro con la vaga esperanza de encontrar un tesoro, un libro descatalogado de Kerouac o un escritor buscando negro y con llave de mano en el mercado editorial. Oliver Twist hubiera pedido trabajo en las casetas de la Feria del Libro y aquello hubiera sido el primer puerto de una gran aventura colonialista. ‘Comienza la construcción de un hombre, ésta es la historia de la hazaña, bla, bla, bla’. Como hacían los rudos hombres del pasado para buscarse la vida. Aunque por imaginar hubiera preferido enrolarme en un barco pirata o en un circo. La imaginación se me desborda con tanto libro a la vista y decido darme un chapuzón en la realidad dejándome llevar por el flujo de la calle. Me meto en una marea de gente, cual ola espumosa, pero necesito respirar reposando brevemente en círculos horadados en la roca de la ciudad durante el camino que toma la corriente. ¿Y qué mejor que quedarse varado donde te amodorre el sol y puedas atrapar miradas escondidas en aptitudes indiferentes? Eso te hace desear una rubia fresquita en tu mano, fundamentalmente, aunque también costa y chiringuito playero. No era el caso, terminas en el bar del Mercado de la calle Feria cuando la lengua pastosa te avisa de que llevas mucho andando bajo 'la caló' de Sevilla. Y mientras me tomo una cervecita contemplo con ojos de plato lo que ocurre en ese escenario. Camisetas de algodón de colores chillones, pieles doradas de soportar el sol en la jeta, anillos y cadenas de oro puro con la semblanza de la Macarena. Desbordando el edificio de blanca cal flota el olor a pescado, entran y salen cajas con trozos de carne y huesos, restos de frutas y hortalizas se derraman sobre los adoquines. He recalado junto al gran centro social que da de comer al barrio más castizo de Sevilla y me gusta cómo suena, cómo huele y cómo luce. La gente más simpática y abierta que se puede encontrar en todo el centro histórico está en la calle y habla a voces para entenderse entre pitos de claxon y rugidos de motores. Si afinas un poco el oído te enteras de que andan haciendo cuentas en el barrio, como todo el mundo, pero si alguien sabe sobrevivir son ellos. Es como una certeza, qué se yo. Los miro, los veo sonrientes e intento saber desde la distancia. Lo mismo pones el topiquito desde fuera y luego mamas el barrio y es otra cosa. Un tipo al que ya conocía me da la mano y me salva de mis cavilaciones para reconocerme y situarme allí. Me había quedado hipnotizado contemplando a la gente corriendo con las bolsas de los mandaos para arreglarse algo de comer y ¡Plaf! Al chocar las palmas de las manos me devuelve físicamente allí y ya no soy sólo esa vaga preocupación que camina como un fantasma cruzando barrios con zapatos nuevos…
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