3/5/09

Solitaria Alameda


Así que así estamos, en un tira y afloja mientras la ciudad se ha trasladado a Los Remedios. Ah, la hora del aperitivo, sí. Marqué el paso para disminuir la velocidad y solicité un paseo mañanero lento aunque las caderas siguieron la cadencia del ritmo apresurado que traía. No había prisa, y con un temblique de piernas echo el freno para zambullirme en el ambiente y voy me encuentro con una Alameda solitaria. Había llegado al destino como si de una cita se tratara y ahora estaba allí, comprobando la altura de aquellas dos maravillosas columnas de Hércules al no tener otra figura humana que observar. Sí, pero allí arriba cuento dos. ¿Quiénes son? Son los gemelos, cuánto tiempo. Recorro visualmente el panorama, no hay una puta mierda. Ha pasado un vendaval que ha barrido a la peña. Me dirijo mentalmente al Google maps y me veo como un punto solitario en una extensión desértica. Desplazo el cursor y compruebo como el resto de la humanidad está concentrada en un punto lejano, cruzando el río. Han tomado un pueblo de cartón piedra y todo el mundo está de juerga. Bebiendo, comiendo y bailando sus danzas tribales con esos trajes que parecen claveles. Y en donde me encuentro hay como una melancolía en el ambiente, como de plaza abandonada, aunque en un rincón aislado se ha armado una vida de perros jugando y niños corriendo y le da a todo un toque de alegría como el que había esperado. Ni la feria ni la reordenación municipal acabarán con mi pasión por esta puerta sagrada a la vida. No se me ocurre alternativa pero como he llegado con la lengua fuera decido sentarme a tomar esa caña fresquita que no dejaba de visualizar en la mente desde que puse el pie en el albero. En un bar de un rincón se han agrupado unos pocos que han decidido citarse en la zona. ‘Buenas tardes, una cervecita y una ensaladilla, por favor’. Perfecto. En ese momento una melodía se cuela por las largas ventanas enrejadas de una casa envejecida de la ladera de la Alameda. No puedo verlo pero intento imaginar quién ha decidido inundar la soledad del lugar con el alma de la música. Me imagino a un anciano sordeta prendiendo la radio para hacer la tarde más liviana. Y suena la magia de un piano tocando jazz. Cervecita, ensaladilla, musiquita, esas nubes que se han incorporado al momento. Perfecto. Cojo el teléfono en un gesto espontáneo que no hacía desde mucho tiempo. Le doy vueltas en la mano, está frío, arañado, mudo, abandonado. Me quedo mirándolo un buen rato, absorto por la dulce melodía, adormecido por un placer de treinta grados sobre los hombros…
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