7/5/09

La vieja Orbea


Bueno, bueno, bueno. Una tarde apacible, es como si hubiera pasado el huracán. Iba a hablar de las gaviotas que a veces aparecen misteriosamente en Sevilla, de los pajarillos del parque, bah, me quedo con la sensación de haber recuperado un banco a esa hora en la que el horizonte se pone violeta. ¡Qué me gusta un orgasmo poético! He cerrado los ojos, he respirado profundamente para abrir el pecho, he visto orientalismo en esto. Sea como sea he tenido mis cinco minutos de paz natural. Han vuelto y quiero compartirlos. A lo mejor hay alguien que se ha olvidado tomarlos. Sirven para poner freno en esta vida a 193 km por hora, para ralentizar los pensamientos cuando se amontonan en busca de una salida. A las nueve de la tarde me he sentido como un rey vago sentado en un banco de un parque. La artífice de tal momento ha sido una vieja bicicleta cedida por mi sobrino. El cuerpo me había pedido bicicleta en innumerables ocasiones pero a las últimas les cogí cariño y un ladrón las arrancó del abrazo de mis piernas. Y de pronto te endosan una bicicleta que te viene de perlas. El día del feliz encuentro hay tan buen rollo entre los dos que me dejo llevar y, silenciosa, me traslada a un lugar que no había pensado pisar. Estoy sentado de nuevo en el trono de un parque. Allí, a mi lado, está ella, raquítica, apoyada en un banco de madera del que no conocía su roce. Ella, una bicicleta modesta ha conseguido sacarme, cansado, del confortable abrigo de Internet para enseñarme el horizonte a la caída de la tarde, en vivo. De buenas a primeras, tras arreglarla de unas menudencias, la vieja Orbea ha doblado o triplicado mi velocidad y me ha trasladado a un asiento de madera, roñoso y sucio. Un banco enmohecido escogido al azar o porque ha tocado en una lotería imaginaria para el disfrute de la estampa de una única puesta de sol en directo. La del lunes 4 de mayo de 2009, nueve de la tarde, queda reflejado un trozo dorado de parquecito perdido en Santa Clara. ¡Ésta es la instantánea, Mysia! Una pareja retoza en unos de los bancos, en otro un grupo de canis prenden chispas en unos mecheros apoyados en unas motos, qué estarán haciendo las criaturas. Una chica interpretando la operación bikini con el footing que le enseñaron en la escuela. Como no podía faltar en este barrio un coche discoteca nos recuerda que aquí domina el rap y el reguetón. Es el ritmo de estas calles y mi cuerpo lo ha asimilado con el meneo espontáneo de la cabeza como reacción natural a la música. Sin ser devoto de ninguna tribu me siento negro entonces, perdón pero es así. Unas colegialas cruzan el parque agarrando sus carpetas forradas de un tipo con cara de niña que sale en una serie de televisión. Lo pienso y no sé que papel tengo, pero me siento negro aunque quizá sólo estoy recogiendo un momento para transcribirlo aquí…
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