23/1/10

Narraciones en espacios cerrados


La narración espontáneamente me colocó otra vez en un espacio cerrado, pero aquella habitación podía ya cambiar según capricho, ser un gran salón isabelino, de blancos y dorados relucientes, iluminado por grandísimas lámparas del mejor cristal. O ser una choza de adobe en la que solo caben dos cuerpos y los aperos de labranza, lo suficiente para orar y ver cómo brotan los tallos de semillas minúsculas, cómo llega el alimento, aquel maravilloso milagro potenciado por mis manos cuidadas de hombre escribiente. Un recinto que podría ser un bar añejo en el que el ambiente está formado de voces mezcladas y remolinos de humo en suspensión, y entre la niebla decenas de roces, riñas, acercamientos y algún beso robado que abra las puertas de un paraíso temporal. Un espacio cerrado podrá ser un campo abonado para el teatro, para la generación de ideas, los anhelos de caricias y los deseos más pasionales, todo alejado de la discreción social, que entre picores y olor a sudor andan probándose máscaras. Volví a un espacio cerrado para que brotaran historias sin artificios, soledades íntimas en las que ya se podía contar con la compañía, al menos, de una persona, pues sabía que le podía dar forma a la confianza mutua aunque sólo fuese recordándola. Ah y quedaba pendiente para el futuro sentirse mejor entre la multitud que cada vez veía con peores ojos. Entre aquellas ráfagas de superviviente esperanza preocupaba que admirara el silencio más que nunca. El silencio, la rotunda antítesis de las palabras, quería que me rodease para sentir la melodía del pensamiento continuo, que la voz íntima del ser fuese absoluta para conocer lo que se me escapaba, la clave de por qué había aprendido a amar la renuncia. ¡Fuera ruidos, fuera palabras sin sentido, las conversaciones estúpidas, fuera las dudas y las manipulaciones malsanas! Sonaba extraña la risa, era menos espontánea de lo deseado, era más serio que todo eso ¡Seriedad señoras y señores que se abre paso un espíritu inquieto, un explorador de las costumbres, la lupa degradante de las convenciones! Con lo que me habían gustado las ciudades, los límites extremos de la fauna humana en la búsqueda de la evolución, me extrañaba que deseara cada vez más los retiros aislados. Acepté vivir bien así, sin compromisos, narrando lo que podía en un espacio cerrado. Era posible sentirse rotundamente tierno aceptando la soledad aunque cientos de aspiraciones de éxito no hubiesen fraguado. ¡Basta de autocompasión, viviré la vida tal como la imagino cuando relleno estos papeles en blanco! Seguir explotando la carne sigue siendo una tentación, pero no, no es algo tan valioso como los roces en la piel que nos recuerdan que no somos sólo eso que se enmaraña entre pensamientos. Dejar de conducirse por el estómago y por los orgasmos y apostar fuerte por una entelequia, las materias espirituales, la senda del conocimiento del ser, la senda del encuentro primordial con uno mismo. Nadie valorará tales méritos ni podré exhibir trofeos en las estanterías, no podrán decir que escriba relatos para la galería, no me caerán encima chorros de crédito personal por ello, pero seguiré navegando en la asombrosa naturaleza cambiante de un espacio cerrado cuando ponga en marcha la imaginación para escribir un poquito...

16/1/10

Te dejaste la puerta de la jaula abierta


Saliste para arreglar el motor y aquello te tomó más tiempo que de costumbre. El problema es que me había dejado amordazado, como siempre que te vas. Sin tu compañía protectora era incapaz de moverme, no podía pedir ayuda porque cualquier grito sonaba débil y no había razón, quién querría haber huido del cautiverio de la pasión. Si huía el terreno estaba lleno de pozos solitarios que me volverían a atrapar y sabía que habría disfrutado de breves complacencias para después volver a sentirme como un pez fuera del agua. Nadie como tú me podría echar un guante, ningún alivio si me quitaran las mordazas de tu poderoso enganche, pues habías pintado mi vida aburrida con los colores difusos del paisaje. Lo que no sabías cuando quisiste llevarme contigo era que iba a encajar tan bien en esa maravillosa improvisación de la huída; no sabías que había llevado dentro desde hacía mucho tiempo aquella necesidad de protección y control que tan bien ejercías porque era un bala perdida, era un retrato de un naufragio, un débil eco que se apagaba en un precipicio. Pero, claro, dependíamos ambos del motor de un coche y sólo uno podía ir a buscarlo. Tu ausencia me devolvió aquel desasosiego de la libertad limitada a unos metros cuadrados. Sabiendo que dejaste la puerta abierta, no intenté escapar del compromiso porque ya estaba emponzoñado por tu veneno, acostumbrado a tu seriedad calculada que te cubría de nobleza como una armadura, disfrazando tu debilidad. Inmóvil ante la posibilidad de escapatoria temblé por esa solitaria posibilidad y, complacido, esperé tu vuelta, no había nada mejor en el mundo que el espejismo que sufrías de que te pertenecía. Y como un canario en su jaula seguí silbando un blues a pesar de que la puerta estaba abierta…

10/1/10

Flexible


El verdadero camino requiere sus paradas, quizás sean éstas las que provocan la metamorfosis. Mas valía creerlo así. No había que preocuparse por no moverse de momento pues algo estaba cambiando dentro de nosotros. Una fuerte nevada había sido la causante de que no pudiésemos movernos. Aún con la misma vista a través de la ventana, hora tras hora, las cosas cambiaban, aquello era el devenirrrrrr y como en un río nada era igual. Pequeñas diferencias imperceptibles, las hojas muertas que se movían en remolinos entre copos brillantísimos que caían como balas. Un diablo llamado invierno nos había alcanzado rodando y los mismos ojos que miraban, la misma persona en la que morían células constantemente comprendía que deshacer los traumas era la base para la renovación. Sólo tenía que volver a contemplar un pasado reciente de risas y movimiento. Pero sí, metidos en aquella habitación parecía que en ese devenir constante había cosas que no cambiaban, o que se repetían eternamente, como los tan denostados ciclos que formaban burbujas de aislamiento. En los sueños siempre veía una cometa y no sabía por qué, después entendí que ese hilo que me mantenía sujeto para que no me llevase la corriente estaba hecho de amor y el viento, que me azotaba fluctuante y juguetón, de sabiduría. El mundo estaba hecho de aventuras pero ninguna como aquella en la que dos caracteres fuertes se amoldaban para no molestarse porque no había escapatoria, no había sitios donde esconderse cuando había roces. Mi único alivio era que desde el torreón sacaba la cabeza por la ventana y estiraba el cuello como una gárgola y la nieve me devolvía un fulgor dorado deslumbrante y respiraba profundamente para sentir el dolor agradable de los cristalitos del aire puro y helado. No viendo nada podía imaginar las siete colinas sucesivamente más altas que me separaban del mar. Desde lo alto me había acostumbrado a verlo todo con cierta distancia, incluso a mí mismo, pero sólo tenía que estudiarme ante el espejo para ver como el blanco también invadía mis sienes. No era un príncipe, era un hombre más con los sueños infantiles moribundos, un hombre que había perdido la inocencia y podía ser también un ogro en vez de un príncipe enjaulado. Me agarré a las cortinas como si fueran barrotes de una celda, porque aunque aquello no tuviera cerrojos o candados ciertamente estaba atrapado. Bloqueado por un miedo tan insuperable como inexplicable. Por fortuna sólo tenía que cerrar los ojos y recordar para convertirme en un flan. Así que me comí mi orgullo y volví a su lado. Automáticamente ocurrió el milagro, perdoné y pedí perdón, humildemente, a pesar de haberme sentido víctima y una piedra de aire que había estado obstruyendo la boca de mi estómago se deshizo y sentí levedad. Mereció la pena porque minutos después estábamos besándonos entre risas…

31/12/09

Una furgoneta llamada Aventura


Es entonces cuando me contaste que subiste aquella montaña de casi ocho mil metros, los pies entumecidos, la cabeza abotargada por la presión de la altitud, tu pie derecho le daba vueltas al izquierdo pues para reservar las pocas fuerzas que te quedaban tenías la conciencia enjaulada en un recuerdo, en un escenario que tenía vida propia y un oasis tibio para mantener tu corazón a un ritmo diferente a la circulación de la sangre de tu cuerpo, que sentías congelarse. ¿Y cómo se despertaron tus deseos de viajar? Recordabas aquel puente que unía los edificios cercanos al Polígono donde vivía tu madre y el gimnasio donde te preparabas a conciencia para una dura prueba que todavía no sabías cual era. Casi con obstinación te movías cada día en aquel circuito cerrado aunque tu imaginación te trasladase a miles de espacios brillantes. Sabías que hacer ejercicio para mantener en forma tu cuerpo te iba a salvar la vida en un futuro extraño, pero todavía no confiabas demasiado en tus posibilidades y a veces sólo presentías naufragios. Pues bien cruzabas el puente dos veces al día, pero día tras día, día tras día, los coches pasaban veloces despreciando tu lentitud y tú te animabas pensando que aportabas granitos de arena para una montaña mayor, siempre venciendo con tu locura de caminante a cualquier coche por dura que fuese su carrocería. La rutina se te hacía dura porque una acción repetida constantemente si no era trabajo, si no recibías beneficio material o emocional a cambio, era dura de llevar, pero en cada tránsito llevabas una canción en la cabeza, un rock and roll por ejemplo si ese día estabas eufórico y tus pasos abarcaban más, una balada melancólica si estaba desanimado o el sol no te daba la energía y la felicidad suficiente porque estaba nublado. El camino rutinario se hizo algo inconsciente como el respirar o el latir del corazón hasta que un día una furgoneta llamada Aventura paró a tu vera y te pidió que le ayudases con los bártulos en su vuelta al mundo. Si no hubiera habido canción, como me contabas sobre la cama del motel, habrías desistido y no estarías allí conmigo, enseñándome tu medio mundo. Me levanté al instante y puse en marcha la pequeña radio. ¿Qué haces? Buscar nuestra canción ¿Por qué para los dos, no tienes una? La tenía pero la fundí para soportar ocho mil días de encierro en mi habitación hasta que pude salir a tu encuentro…

Nunca hay que perder la esperanza, hasta la suerte o el azar nos puede traer un cambio feliz y definitivo en el año venidero. Espero que se cumplan vuestros mejores deseos. El mío creo que será no dejar de desear la aventura y conservar intacta la capacidad de sorpresa. Feliz año!!!

22/12/09

Moonlight


La luna apareció perfectamente redonda aquella noche, flotando con una tranquilidad majestuosa, y deseamos habitarla. No habría hogar más bello ni más solitario, satélite muerto que nos haría disfrutar de la locura. Nos hicimos lunáticos desde aquella noche, un amor selenita nos bañó pintando de plateado los perfiles de la piel desnuda. Interpretamos movimientos lentos y pausados, nos contoneábamos a gravedad cero, intensamente profundos los vaivenes. Todo era un sí, todo tan brillantemente presente. Rudamente apasionados firmamos un pacto de sangre en un delicado pergamino, sellamos un vínculo con trazos finos y delicados dibujando dos nuevos rostros de luz de luna en la oscuridad, deformadamente bellos por el placer. Al gritar de alegría subieron los decibelios en el puro silencio de la noche, nuestras risas chocaban contra el cañón de la montaña. Entre negros y grises las rocas quisieron alzarse para refugiarnos formando la cúpula vaticana a nuestro alrededor. Riscos ascendentes adquiriendo la dimensión divina y abajo, tan pequeño, el amor encarnado en el roce humano, carne tibia anaranjada frente al frío gris veteado de albosos destellos, luz de luna para unos lobos salvajes que daban dentelladas a la vida presente ¿Para qué, para qué queríamos medirnos si estábamos alcanzando aquellas latitudes? Aquella noche sólo había dos estrellas bajo el cielo raso, tú y yo. Pero ante el magnífico y deslumbrante satélite muerto cómo no podíamos sentirnos llenos de gozosa actitud, interpretando aquella coreografía de lunáticos salvajes, adoradores de las fuerzas primigenias de la historia humana. Cogiste una manta y en tu desnudez iniciaste una danza que levantaba el polvo del terreno, miles de partículas plateadas flotaban en suspensión, el rayo de luna las atravesaba, seguía la estela tus giros como si fuera anillos de un planeta. Era tan bella la imagen bailando la Gran Polonesa, dando saltitos aquí y allá, levantando corrientes que me ponían los vellos de punta, respirar tanta belleza por los ojos me erizaba la piel. Me levanté y seguí tu locura, parecíamos dos demonios desnudos en medio del campo o dos ángeles que, bajo el hechizo de flujo lunático, hubieran decidido quitarse las alas por un momento para saborear una tierna noche lunar. No eran precisamente los pensamientos los que corrían libres pues entramos en una suerte de estado de hipnosis que nos dejó la mente como mar en calma y así era propicio sentirnos. Propicias eran las vibraciones del alma y que toda la sangre nos subiera hirviendo, todo como esa roca que nos apuntaba, todo bien alto como el aleteo plateado de dos ángeles que vuelven a volar una vez que se han emborrachado de paraíso terrenal. Formábamos integridad con el suelo hasta que despertamos y nos dimos cuenta que estábamos revolcándonos desnudos creyendo que la tierra era un mar plateado. El polvo levitando, los sonidos de la noche más irracional, brazos y piernas agitándose como luciérnagas mareadas, decidimos serenarnos. Fuimos animales puros y nos quedamos exhaustos, tristes por tener que volver a la realidad, Ah pero el camino estaba allí, otra vez materializado, y había que seguir avanzando…

14/12/09

Venciendo resistencias


Te dejé que durmieses, con la preocupación de que estuvieses viajando a tu bola me fui a dar un paseo por el campo. Seguí un sendero con precaución, no podía alejarme mucho en terreno desconocido porque un temor difuso a no saber volver tiraba de mis piernas. Entonces suspiré, se me abrieron los pulmones, las venas, los ojos y el corazón. Y sentí por primera vez el fulgor rojo dorado del sol abatiéndose sobre la superficie de la tierra, en un horizonte que se mostraba en toda su plenitud, tan pocos obstáculos había que podía apreciar la curvatura del planeta. La visión se perdía en la lejanía, todo parecía infinito, no estaba acostumbrado a abarcar con libertad miles de millas sin paredes, podía extender los brazos y prolongarlos en el cielo todo lo que la imaginación podía. Chillé con todas mis fuerzas hasta descargar toda la furia contenida de decenas de años y el aire me devolvió mi voz como si hubiera rebotado en las nubes bajas de bronce. No existía camino allí, el sendero había desaparecido, sólo había desperdigados matorrales aquí y allá. Empecé a correr en todas las direcciones, sin límite de paredes, me paré a escudriñar entre las ramas de la pobre vegetación y siguiendo una hilera de hormigas gigantes, ssss, una serpiente de cascabel frenó en seco mi osadía. Nos miramos fijamente y el aterrador reptil me venció pues tuve que retirarme con el corazón en un puño. Aunque me volví para responderle con un corte de manga corrí para volver a cruzar el límite de la carretera y, como una exhalación, entré en la habitación y me abracé en tu refugio y el cobijo tembloroso terminó venciendo tus resistencias. Como una serpiente me enrosqué en tu cuerpo atándote en la cama para morderte sin piedad. El rumor de la televisión me devolvió al mundo conocido y escuchando lo que me había pasado te enterneciste y con una sincera carcajada te burlaste de mi fobia de urbanita. Acababa de adentrarme en la naturaleza salvaje y todo de sopetón era demasiado. Acordamos que la próxima noche íbamos a dormir en el coche, recogeríamos el techo para sentirnos libres bajo el manto de estrellas, rodeados de ruidos de los animales nocturnos. Sólo pasando esa prueba me daría cuenta de que nada me comería pues en la naturaleza salvaje el hombre está en la cima de la pirámide. Grillos, coyotes, pumas, serpientes y ratas nos avisarían de su acecho pero serían incapaces de atacarnos porque estaríamos subidos en un ingenio mecánico y los animales con sus ojillos serían vencidos por un rojo y frío acero metalizado...

9/12/09

Nos fundimos en un motel de carretera


Lo que si sé es que siempre iré unido a este pensamiento analítico hasta que la muerte me separe el alma del cuerpo. Por eso miro tanto las flores, los insectos, los pájaros, la tierra, por intentar que un mundo de sensaciones erosione los pensamientos más rocosos, por aflorar los sentidos maleables para disfrutar de los instantes fugaces del presente. Lo de las emociones residentes en el alma iba a ser tarea de modularlas en el viaje. Con una presencia continua de otras personas, que transmitirían sentimientos incontrolados e inesperados hacia mí, iba a ser fácil que el hábito de la resistencia no dejara que las influencias benefactoras operaran el cambio urgente que necesitaba, pero las cosas profundas poco a poco... Y las gotas de rocío y el relente de la noche, el sofocante calor de cuando nos acompañe el sol en vertical sobre nuestras cabezas protegidas por unos gorros de vaquero que nos compramos entre risitas, lo más idóneo para un viaje por el medio Oeste, nos iban a ayudar a que le abriésemos los brazos al mundo. Algún día recibiríamos con una sonrisa las emociones inesperadas de las personas que nos íbamos a encontrar por el camino, más sordas quizás a nuestro radar porque la conexión con los desconocidos pasa por un filtro muy fino que no deja adivinar más que indicios, tan cerrados estábamos ante los extraños. Sería cuestión de la interpretación de los gestos, como esa ceja enarcada con la que nos recibe el recepcionista del motel que iba a resguardarnos de una gran tormenta que se nos había echado encima. De las de rayos y truenos y cielo negro. Nos dijo aquel hombre extraño, desarrapado, que vestía camiseta blanca sucia y pantalones negros como el betún, que un huracán se aproximaba a la costa y que iba a ser cosa de un par de días que mejorase el tiempo. Bien, pensamos, será cuestión de comprar una par de botellas de alcohol y ulular a salvo dentro de una habitación cochambrosa, imitando al llanto de los lobos salvajes. Tu eras quien tiraba de mí y parecías no tener miedo pero yo pensaba que íbamos a salir volando dentro de un tifón, pero lo pensaba con complacencia pues aceptaba cualquier destino que me deparase el viaje siempre que estuviese acompañado y sintiéndome tan protegido en tus brazos. Tendríamos tiempo de escribir, de hacer el amor salvajemente para no oír los ruidos inquietantes del exterior y de la habitación contigua, de la que sólo nos llegaba televisión y jadeos de profunda resonancia. ‘Qué extraños vecinos’ pensamos, hasta que no nos dimos cuenta que nos comportábamos igual, pues tuvimos que dejar encendido el televisor al ver que retransmitían en directo el gran espectáculo de un huracán inundando calles, la furia de la naturaleza que barría las ciudades costeras, y nos abrazamos tanto para disimular que estábamos tiritando de miedo que terminamos fundiéndonos. Y aunque la noche protestaba atronadora todo el motel dejaba escapar por sus rendijas un coro de suspiros…