6/3/09

Con la de centímetros de piel que has recorrido y no te entregaste


Si de algo soy experto es sobre sexo. Sí, éste que siempre está invocando el amor, que por su causa o ausencia entona canciones, que hace textos de pretendido valor romántico, palabras que hablan de melancolía, necesidad, compañía, generosidad, que arma ampulosas composiciones de fallido valor poético, éste personaje, que parece un príncipe que por el anhelo del amor levita, es el mismo que esconde a un sátiro experto en las coreografías amatorias. Pero no soy un fraude, follé mucho porque buscaba profundidad, qué sabía yo si no era el camino. Y ahora ese demonio sátiro dormita a la espera de tiempos mejores o de que alguien venga y le de un brochazo de pureza que le convierta en ángel. Eso sería toda la maestría al servicio del amor, los orgasmos multiplicados por cien porque a cien está funcionando la cabeza a la par que el corazón. Te encuentras en una situación en la que ya no late sólo el sexo, que otras veces ha causado sensación porque mirabas, lo veías brillante, tibio por ser albergado en otras cavidades, por ser lavado y purificado con alfombras ásperas, que se escondían en bocas que renunciaron al amor por un instante elevado. Y ahora que podrías ser maestro, que has exprimido todo el jugo propio buscando romances, crees que no te queda terreno y te pones a lanzar flechas como un querubín (Con la de centímetros de piel que has recorrido y no te entregaste). Otros juegan al juego del cortejo allá en la superficie de esta noche oscura, dónde sólo recuerdas colores fríos, azul y plata, pero ya te retiraste y encontraste este refugio bajo tierra tras aquella escalera. En otros divanes, sumergidos en un ambiente dorado de nubes de velas, navegan otras almas solitarias que se han exiliado a este espacio underground. Y tú, que pareces desahuciado porque ya conoces las reglas y te plantaste, respiras oxígeno viciado, inhalas humo y exhalas suspiros que suenan como un nombre. Crees que el amor sólo existe en pensamientos relámpagos que te traen el recuerdo de la dulce sonrisa de su rostro, el beso que tuviste quedar, que nunca diste y nunca darás. Pero cierras los ojos, flotando como estás y la ves de nuevo como si hubiera vuelto. Junto a tí, desnudos en una habitación dorada por nubes de velas, oliendo a oriente por esas caricias de incienso, y comprendes que sería mejor revivirla pero ya no existe su cuerpo, con lo cual exactamente no hay necesidad de sudar y copular porque sería suficiente el milagro de que volvieses al pasado y a ese momento. Y por unos instantes crees de nuevo que es posible la felicidad, que existe aunque dure microsegundos, difícil de mantener, pero que brilla cuando recuperas ese recuerdo congelado entre el delirio del presente. Entre tantas cópulas pocos nombres y rostros recuerdas, y todo se puede resumir en una película a cámara rápida en la que vuelves a ver manos pasando por tu espalda, tocando todos tus músculos, cientos de manos que hurgan aquí y allá, después viene el traqueteo de los pensamientos, hay pequeñas decepciones y piensas que se ha apagado esa luz que te recuperó de cientos y cientos de naufragios. Y ahora que flotas en un diván en ese subterráneo dorado, donde el tiempo se detiene olvidado de ese ritmo de azules y plateados veloces de la superficie, pides el milagro de la felicidad eterna pero no, tesoro, la felicidad dura eso, pequeños microsegundos, lo que dura el recuerdo de su sonrisa y aunque nunca te acostaste con ella, la ves ahora tumbada dentro de ti…
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