31/3/09

Dentro del laberinto


Jum, estoy caminando en un laberinto. ¿Dónde está el mapa? Tenía uno de Cádiz, otro de Madrid, otro de San Francisco, pero éstos no sirven en Sevilla. Desde aquí arriba puedo resolver el enigma porque estoy en un balcón y si no esperaré a que alguien pase y se quede mirando para preguntarle por dónde se sale. Ay, no, que ya todo el mundo disimula, nadie parece mirar con atención para preguntarle cómo se abre esta puerta. Es el mundo de los adultos y hay que guardar las apariencias. Y parece que nadie pasa bajo mi balcón esta noche. Normal, hace dos días que el sol no calienta lo suficiente y peina las coronillas una brisilla fresca. Pero para cuando haya luz más allá de las nueve de la tarde ¿Cómo se queda uno en casa? Veo los coches-discotecas pasar y les digo adiós como lo hace un niño de cinco años. En fin, si me ven pensarán que estoy loco porque ya soy un tío mayor, quiero decir, soy un adulto. Cuando miro para abajo los pelos ensortijados me lo confirman. Y aunque tenga muñecos y algún peluche en mi cuarto ya sólo los toco para quitarles el polvo. ¿Es que no quiero volver a jugar? No lo sé pero me doy cuenta de que hace tiempo que no salto chillando como un niño. Joder, sacaría la bicicleta, los patines, la pelota y me sentaría en un escalón de la plazoleta por si pasa alguien de mi edad que pueda hacerme reír a carcajadas como un niño. Los chiquillos se juntan espontáneamente, se acercan y se miran, levantan los hombros y se ponen a jugar juntos sin más. No hay necesidad de saber nombre, dirección, profesión ni familia a la que perteneces. No hay filtros sociales. Los mayores llevamos equipaje. Puedo salir e intentar jugar, pero bah, cuando me comía la calle comprobé como algunos se hacían los maduros pegados a la barra de un bar y llegó un día que pensé que todo era por beber. Sólo se sacaban los niños de dentro según iban cayendo las copas. Además, mientras me afanaba en tender puentes me encontraba con personajes que armaban conversaciones-teatro, lo tuyo es puro teatro. Lo pienso unos segundos y me doy cuenta que lo que quiero es profundidad. En la escena del ocio nocturno, en realidad, pocos quieren complicarse la vida ni fraguar nuevas relaciones, cosa que hace perder el tiempo a los solitarios que buscan más. Y aunque todo son sonrisas sospechas que parece peligroso cualquier hombre solo que busque una salida para tanto deseo. Para fraguar una nueva amistad hacen falta mil y una noches a la intemperie o menear las caderas en un club con luces de neones. No quiero más noches de manos frías cuando tengo el corazón hirviendo. Y el juego olvidado, el tesoro apagándose porque nos vamos haciendo adultos. Quizás algún día vuelva a jugar como un niño, pero me sorprende porque hace tiempo que me conformo con caminar por el parque sin otras pretensiones que aprovechar para suspirar, tragar oxígeno para llevar mejor las pausas solitarias de la habitación… Crees que eres libre pero cuando reflexionas la creencia de que te mueves en círculos enseña tímidamente sus garras, y el aguafiestas que a menudo te visita te dice al oído que vives en una burbuja que abarca dos barrios, una burbuja que engaña, que te hace creer que hay espacio para reaccionar porque no ves el límite. Y realmente puedes volver a la calle y el mayor pecado es que no quieras. Puedes dejar de mirar por el balcón y pisar tierra pero terminas dándole al play del DVD para olvidarte en los brazos de otra de esas historias fantásticas…
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