29/1/09

Pulsos nocturnos contra el desamor


Solo tenía una cama y una habitación pero me pidió ayuda y le dije que se podía quedar conmigo. También había hecho cosas por mí y era un momento en que necesitaba desesperadamente a alguien de confianza. No había peligro, mis sentimientos estaban ya enterrados desde hacía tiempo. Después de haberle necesitado, de haberme sentido abandonado sin ni siquiera poner la mano en el fuego por inocente, ya que tenía su pareja y porque aquellos flirteos habían sido producto del alcohol, me arrepentí mil veces de que no se hubieran materializados en el nombre del sexo. Pero eso era pasado y venía de nuevo a mi cama necesitándome, esta vez como amigos. Nos acostábamos juntos y noche tras noche escuchaba su calvario: no podía vivir sin su amor. Entre amargos suspiros entonaba lamentos de ultraje y humillación por la traición más vil del engaño después de años de convivencia. Nos apretábamos piel con piel y notaba como temblaba. Nunca había visto a nadie temblar de esa manera por desamor y no había visto derramar tantas lágrimas sin consuelo. Se agarraba a mí entre sábanas porque sentía cómo se hundía en la desesperación. ¡No puedo vivir sin él! Sollozaba. Cualquier palabra de aliento caía en saco roto, no podía restañar sus heridas por mucho que combinara mil fórmulas de reanimación. Quería curar aquella puñalada profunda sobre tan puros sentimientos. Me engañaba convenciéndome de que lo hacía por una amistad querida, pero había unos sentimientos más potentes sepultados bajo palas de arena y sospechaba que si se quedaba muchas noches en mi cama iba a terminar recayendo en deseos olvidados. Le contaba historias de romanos, las historias que construía para poder dormir y sobrellevar la mediocridad de las preocupaciones mundanas. En aquella época las usaba para evitar dar mil vueltas cuando los pensamientos me robaban el sueño. Me gustaba sentirme importante en mis fabulaciones, me imaginaba que era emperador plenipotenciario y que podía hacer y deshacer a mi antojo, eliminar enemigos, forjar alianzas, montar banquetes y orgías para satisfacer mis placeres. Nunca imaginé que estas historias fuesen entretenidas y que pudieran servir para calmar una mente atormentada. Cada noche nos daban las tantas de la madrugada en la oscuridad y yo, en el papel de confesor y terapeuta, me sentía cada vez más impotente, incapaz de hacerle olvidar a aquel traidor que le había engañado con un francés ¡Con un francés! Le hacía hablar y escuchaba, no me importaba que descargara toda su ira sobre mí si eso le aliviaba. Pero algo se abría paso inconscientemente, comenzaba a sentir aunque mi cabeza no articulase deseos crecientes por sustituir a aquel hombre amado. Creía que aquello era ya una cosa pasada, pero era tan emocionante ver a alguien sufrir de amor por otra persona que no pude evitar sentir envidia. Los días amanecían más tranquilos, parecía como si hubiese hecho efecto mi medicina para el dolor, pero por las noches volvía a naufragar. Comencé a sentir odio por aquel hombre que le había hecho tanto daño y emprendí una cruzada para desprestigiarle y que le olvidara, pero por mucho que me esforzaba para que lo viera como alguien dañino seguía pronunciando su nombre con amor, aunque representanse los mil dolores de su lado oscuro, los ataques de rabia, los recuerdos inolvidables, la entrega más sumisa, el rencor más intenso. La enfermedad del sufrimiento no era vencida por mis recetas caseras de consejos. Y cuando todo empezó a afectarme se apiadó de mí, recogió sus cosas y se marchó, dejándome una nota de profundo agradecimiento. También me dejó el desengaño por no haber podido vencer la fuerza de aquellos sentimientos. Era inútil, nada podía haber hecho… a los dos meses volvió con su pareja.
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