
Qué puedo decir con la de achaques que he tenido en estos días con la llegada de la jodida gripe, sólo he podido preocuparme por mejorar y por no preocuparme tanto. Aunque en este punto no he avanzado mucho, lo sé porque si he tenido algo de lucidez ha sido para averiguar que estaba haciendo poco por calmarme. Ya sospecho que si estas cosas se dejan sin control pueden crecer desmesuradamente y quedarse lo malos hábitos de quejarse por nada, ahí instalados entre las rutinas. Me controlo en el mismo momento que me doy cuenta de que estoy haciendo un catálogo de hipocondría, pues a los dolores de cuello, resfriados gripales y estados alterados de ánimo puede que guarde algún as bajo la manga para reunir un póquer de males cotidianos. Y no quiero más cartas. Me planto. Pienso en masajes, en técnicas orientales o en gritar desaforadamente para calmarme y desahogarme como posibles remedios. Y borro estas habituales soluciones porque me parece que lo más productivo podría ser confesar mis deseos para contrarrestar los achaques, porque los buenos pensamientos son anticatarrales y, sobretodo, porque sé que no hay nada mejor que un ratito de confidencia. He aquí las mías. Confieso, para hacerme un exorcismo, que si quiero sentirme liviano como una pluma sólo necesito que esta primavera crezca alguna flor a mi vera, porque quiero volar, cerrar los ojos y bailar, enhebrarme en la vida con un fuerte nudo que no me permita escaparme nunca más. Quiero entregarme, lo juro, quiero entregarme y dejar que me encuentre la buena fortuna, y que ese momento llegue estando tan relajado que pueda responder sólo con sonrisas y lágrimas, no quiero guerras con nadie ¡es absurdo! Cuando era más joven no confiaba demasiado en el poder de la compañía como sanación. Cuando me sentía mal me movía en bicicleta para que no me alcanzaran las gélidas ráfagas de viento, portadoras de virus debilitantes. Pero esta vez me acostumbré a andar poco abrigado y ahora que empieza el buen tiempo saldré a pecho descubierto, vestiré camisas para quitarme los botones y que escribas tu nombre, si lo deseas. Sé que cualquier dolor se evaporará porque recogerás mis suspiros y no tendremos por qué quejarnos como no sea que nos distraiga reírnos de esos grititos. No tendremos que criticar más que al mundo lejano, esas cosas que son tan feas del mundo. Nos pasearemos orgullosos de haber descubierto que no tenemos que atacar a quién nos rodea, pues son tan humanos como nosotros. He sido friolero pero pisaremos descalzos la hierba o canturrearemos sin miedo porque será tu voz mejor que la de Barbra Streisand y pondré como acompañamiento voz de Neil Diamond aunque los gallos despierten por segunda vez en el día. No me molestaré si estamos sentados charlando de nada y comiendo pipas y te levantas para perseguir una paloma dejándome con palabras en la boca, porque luego vendrás a acariciarme la cara. Los celos son para la gente que no se quiere, me dirás enseñándome lecciones de libertad e independencia. Ese momento será para sentir, para coger la vida por los cuernos y dejarnos de dar vueltas cada uno por un barrio. Conoceremos nuestros sentimientos por las palabras pero también por las miradas, por los roces, por el calor con que resolveremos nuestros conflictos. Destrozaremos secretos con el paso de los días, daremos respuestas divertidas a los por qué de la vida. Así son los sentimientos. Si nos hundimos lo respetaremos con nuestros silencios y mira, lo importante es que estaremos en un banco y sabremos que no va a haber naufragios irremediables. Ven, te espero, porque mira las cosas que escribo cuando tengo ganas de vivir a tope y mira cómo me contradigo cuando una vez juré que ya no buscaría nada…