10/2/09

La luz, dentro...


De la evolución personal una cosa sale por la ventana y entra otra por la puerta. No se consiguen los éxitos que se sueñan en la adolescencia pero cambia la perspectiva. Podía soñar con becerros de oro pero los años te ponen el Satori como meta. El Satori es un término japonés que designa la iluminación en el Budismo Zen. La palabra significa ‘comprensión’ y, aun sin ser budista, anda en la onda de lo que busco y deseo. Pero para eso hay que mirar hacia adentro. Allí es donde está la llave de oro, todas esas que están en la calle no abren el cerrojo del secreto personal por mucho que abran cofres de placeres temporales. En otro tiempo hubieran servido pero mejor no mirar al pasado porque se ve todo muy negro, esas nubes borrascosas sólo provocan temor, y vivir del pasado te atrapa en un remolino en donde los conflictos vuelan a tu alrededor, fuera de tu alcance. Mejor el camino de la comprensión de uno mismo, ahí dentro está la luz, la intuyo. Y así caminando, ya sin levantar la cabeza mucho porque no se espera encontrar la respuesta en el exterior, vuelve la energía que alimenta, que llena de fuerza y que está hecha de pequeñas cosas. Emociona un libro nuevo, un claro de sol, una canción que mueve emociones, un roce que despierta sensualidad. En realidad ocupan poco espacio en esta nuez que tengo por cabeza, poco en comparación al hueco que reservé para almacenar todos los logros deseados. Pruebo a dejar la mente en blanco para tomar la dirección de comprenderme, empiezo a caminar y los paisajes cambian a mi alrededor. Se levantaban edificios, era un paisaje urbano de color gris, cuadrados y rectángulos, rampas por las que saltaban skaters. Seguía andando y el asfalto se convertía en verde alfombra, aparecían árboles, los pájaros volaban al norte buscando otro país más tibio y yo a diez kilómetros por hora. Aparecían casas de madera de estilo colonial, mi ropa cambiaba, los jeans se reducían a mi contorno, las camisetas se estrechaban y perfilaban un cuerpo que se volvía más joven por momentos, me crecía y me desaparecía la barba. El sol recorría un arco tres veces frente a mí. El tiempo bailando a lo loco, no duraba 24 horas los días como nos habían dicho, dejé de saber cuánto era una hora, un minuto, una semana. El tiempo duraba lo que llevaba caminando y ahora el campo se convertía en cemento y surgían del suelo rascacielos y los pájaros se transformaban en aviones a reacción. El horizonte me hablaba de que la tierra es redonda y podía ver que mis pasos cubrían miles de kilómetros, es más, me daba cuenta de que el planeta sólo era del tamaño de una pelota de baloncesto y de pronto divisaba el cielo azul oscuro profundo y no había límite, todo estaba plagado de estrellas. Los aviones a reacción se convertían en cometas que cruzaban el cielo. Hace frío en donde no existe el espacio y el tiempo pero de allí parte la vibración original, el big bang. Entendí que era el camino y, al detenerme, un agujero negro me absorbió y plof, de pronto, vuelvo a estar en una habitación blanca, sentado frente al ordenador, moviendo los piececitos porque se que el mundo seguirá dando vueltas… y yo lo sentiré desde aquí.
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