15/2/09

El parque de Misión Dolores


Un parque con varias lomas verdes, serpenteadas por caminos y al fondo un skyline gris oscuro. El sol brilla allí y es donde la gente se reúne para recibirlo directamente en la piel, pues no hay playa. Cuerpos dorados esculpidos sobre un arcoiris de toallas. Maravilloso panorama de nubes, de cielo y de horizonte del progreso del hombre. Allá abajo está Downtown, los negocios, los mercados de valores. Aquí está la tibieza de la compañía deseada, quizás una guitarra y un perro que juega a atrapar el freesbe amarillo. Tumbado en el césped contemplo la gran ciudad, porque estoy ya en el atardecer del vigoroso ritmo del progreso. Esa inercia que me hizo recorrer kilómetros de calles asfaltadas, buscando el signo del triunfo, aquél que se parecía mucho al del dólar. En Dios confiaba y en las ganas que tenía de subir por las lomas de aquellos rascacielos. Pero no vendí mi alma por eso, sólo paseé la idea hasta que me cansé y descubrí que el progreso era abandonar y tumbarme a tomar el sol en aquellas otras lomas verdes y disfrutar contemplando pájaros y perros. Con compañías esporádicas dejé que la soledad de la gran ciudad me intoxicara, soledad que arrastré por barras de bares y antros oscuros con aquellos ojos que sólo podían mirar de soslayo y la lengua inmóvil, sin que la condenada atrapara a nadie para comprometer en la mentira de mis aspiraciones. Pero con aquellos baños de sol en el Parque de Misión Dolores, cuando podía acariciar la línea que unía tus pechos con tu ombligo, ya disfrutaba de los mejores beneficios de la tierra, mejores que los bonos de los mercados de valores que viajaban invisibles entre torres y torres de rascacielos.
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