7/2/09

Cuerpo, corazón y azotea


Complicidad es lo que le hace falta, basta de buscar los todos y vayamos por partes, como decía Jack el Destripador. Se acabaron las dependencias, los supuestos, los condicionales, lo que tiene es lo que puede compartir y es lo que habrá hasta que el polvo llegue. Cosa inevitable por ser tan finitos, que ni las letras nos dan eternidad pero tienen valor cuando las arrugas llegan. Si el amor lo dejó en los libros de cuentos sólo le quedan posibilidades de alianzas, asociaciones, repartirse el madero de la supervivencia para flotar en este inmenso océano bravo. No va a ser de los que den codazos para salvarse, si esto merece la pena será por sonreír al final y proclamar que esto ha merecido la pena. Sólo así podrá alzar los ojos y hacer brotar una sonrisa como reflejo de la suya. Esa que es de verdad porque le nace de dentro, de la satisfacción con su ser. Para la complicidad no son necesarias relaciones de gran calado ni amistades de largo recorrido. Puede surgir a los veinte minutos de conocer a una persona y puede llegar a ser sustrato en la que germinen cierto tipo de semillas. El joven se encuentra con una parcela cedida en propiedad por la gracia de la fortuna, su cuerpo, y en ella ha de plantar lo más bello que pueda resultar tras la germinación, porque esa será la imagen que vea cada mañana cuando asome los hocicos al despertar. Un paisaje que ha de borrar los flecos que dejan los sueños incómodos de la penumbra en la conciencia. En su nuevo camino se sentirá como si estrenase unos botines llamativos (ahora se te ve, muchacho) y porque se siente fresco no le importará mostrarse como un gallito desplegando sus plumas. Está claro que sabe poco pero lo que sabe tiene su toque personal e intransferible. Ya basta de rebajarle las ilusiones, que la dinámica del mundo es igualar por lo bajini. El joven pierde la sensación de ser florero cuando coge libros que le hacen pensar, tomos voluminosos que cree que no podrá leer pero va comiéndose párrafos y algo le quedará. Se ha atrevido con cosas complicadas como el ‘Ulises’ de Joyce, del que no va a entender nada pero eso le da caché. Y luego en conversaciones de barra de bar podrá decir que lo ha leído e incluso citar algunos fragmentos que se ha aprendido de memoria. Suerte tiene de no encontrarse algún entendido porque le podría preguntar: ‘¿Qué piensas sobre la idea que tiene Joyce de…?’. De ser así tendría que soltar varios ‘Ejem, pues…’ y largarse o hablar del tiempo para cambiar de conversación o ‘mira, qué zapatos más bonitos tengo’… En fin, todo eso le hará un poco diferente aunque también se esfuerce por tener un bonito cuerpo escultural porque cree que eso se agradece a la vista. Se salva de esta superficialidad porque quiere plantar una biblioteca en la azotea de esos músculos tan bien definidos. Ahí sí que está consiguiendo amueblarse y quizás pueda diluir ‘sobres de admiración expresso’ cuando la madurez le llegue.
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