4/2/09

La búsqueda


Un buen día me bajé del tren y me senté en el vestíbulo de una estación vacía de una localidad que no conocía y que, sorprendentemente como pude comprobar en un letrero rojo oxidado, se llamaba ‘La búsqueda’. Y entonces pensé: ‘Claro, me he bajado porque ya me cansé'. Me puse a comer pipas porque sólo me quedaban diez cigarrillos y tenía que administrarlos antes de dejar de fumar. Bajarse del camino de golpe es una cosa y dejar ese condenado vicio otra. Me quedé varios días observando cómo la gente iba y venía en silencio y cómo los trenes partían de la estación. Me daba igual no ir a ningún lado, tenía mi saco de dormir 'Crisálida de oruga' para dormir calentito y eso era suficiente. Me dio la sensación de que nada me iba a sacar de allí como no pasase un tornado y me llevase a alturas estratosféricas. Un día decidí escribir en una libreta por aburrimiento, y porque se me habían acabado las pipas y me quedaban dos cigarros, y de pronto lo entendí. Había escrito sólo un párrafo: ‘Otras cimas no alcanzaré pero llevo décadas buscando enamorarme definitivamente y ahora descubro que eso es imposible. Veo con claridad la necesidad de volcar ese querer sobre mí’. Saqué un espejito que llevaba en la mochila para mirarme las lágrimas, estaba teñido de tristeza, tenía ojeras azules por la melancolía de tanto tiempo gastado en la búsqueda de compañía. Me dio pavor al mirar la reserva y ver que se me había agotado el depósito de la esperanza y eso era peligroso por todo lo que me quedaba por recorrer. Y escribí en el diario: ‘Llegué a pensar que me salvaría la llegada de mi alma gemela, pero estoy contento de donde he llegado y lo he hecho solo. Más vale tarde que nunca’. Miré el letrero como cada día al despertar… ‘La búsqueda’…mmm, sí. ¿Cómo sería aquella localidad desconocida que no venía en el mapa? Pensé por un momento caminar por la carretera desierta que la separaba de la estación pero cuando me levanté el altavoz anunció la partida de un Express que no había visto pasar hasta el momento. No pude resistir la tentación y mirando de soslayo al pueblo que me perdía le dije adiós con la mano como hace un niño de cinco años y me subí al tren.
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