20/12/08

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Pensé que no había nadie más que estuviera solo en aquella plaza abarrotada, tomándose una cervecita para recoger los rayos del sol invernal. Miré alrededor para comprobarlo y así era. Pero claro esa era la trampa que siempre me ponía, desaparecía y aparecía como el Guadiana y después ‘uy, joder, qué solo estoy’. Y otra vez estaba allí, esperando a llamar a alguien por su nombre. De pronto quería estar rodeado de gente sin recordar que es la soledad lo que me merezco, porque cuando inicié el nuevo viaje hacia mi universo no pude llevarme a alguien ni dejar sondar luneras que mandaran señales de alarma. La última etapa social no dejó supervivientes, no dejé que jugaran conmigo, no permití que me utilizaran, no me expuse sin coraza, a pecho descubierto, no fuera a ser que llegaran caricias, tortas y puñetazos en el alma porque eso era rendirse. No hubo problemas con nadie pero tampoco acuerdos, pactos, ni alianzas. Sólo el momento bajo los focos del juego, palabras huecas de escaparate, algunas risas, muchos recuerdos, hablar por pasar el tiempo. Si nos gustamos entre tanta superficialidad todo se quedó en secretas intenciones, como máximo en reconocimientos explícitos. No hubo gestos de coger la mano para huir de lo público, porque eso era dejar de hablar y en silencio tirar de las sábanas y fabricar arrugas calientes. Hubiéramos mezclado nuestra materia densa de no ser por el miedo. Siempre hubo precaución, siempre ‘este es mi espacio’. Dejaba correr el aire y escuchaba discursos aunque estaba pendiente de guardar mis espaldas por si aparecían unas manos que me taparan los ojos para preguntarme quién era. Temía la jugarreta pero eran momentos de poner la voz grave y mostrar opiniones con firma. Preferí la exhibición de una supuesta madurez y la competición de los conocimientos. Ahora me doy cuenta de que tenía que haberme comportado como un niño para hacer, por ejemplo, pompas de jabón, armar batallas de tartas y restregarle la cara a alguien con merengue, saltar la rayuela sin pisar las líneas de la acera, subirme al capó de los coches y lanzarme como si fuera escollera en un puerto, volar la cometa, aprender a silbar enhebrando pedorretas sin sentido, lamerle la coronilla a alguien dejándome llevar por el olor a melocotón de un suavizante. Tenía que haber creído en milagros, en apariciones marianas, en videntes y gitanas que me vaticinaban que me iba a pasear orgulloso del brazo de la dicha. Puedo volver al teatro de la seducción entre borracheras y pasatiempos aunque ya no me atraiga. Cualquier cosa por alcanzar el destino sosegado de los bancos en una plazoleta y las pipas a la luz de la luna. Volvería al jaleo para buscar la soledad contigo después de tanto bullicio. Las canas no se notan, vuelvo a ser joven. Todavía puedo saltar y brincar como si fuera tonto, puedo olvidar lo que he aprendido, disimular las heridas ¡Miradme, estoy como nuevo¡ ¡No desconfío!¡Nunca me han hecho daño!¡Estoy limpio, puro, listo para que me inundes y utilices como quieras! Si alguna vez conocí el amor y el desengaño no me importa ya, todo lo tiraré por la borda para que me enseñes cómo quieres el amor…
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